domingo, 21 de marzo de 2010

De Kant al teléfono móvil. Intentando descubrir para qué empezar un blog.

No sé si será la edad, la progresiva rigidez de mis neuronas (supongo que si las arterias pierden elasticidad, otro tanto ocurrirá en las conexiones cerebrales), o algún extraño bloqueo inconciente. El caso es que no puedo salir de mi perplejidad cuando compruebo que, a pesar de las horas de mi vida que dedico a desentrañar –a menudo con éxito- los laberintos del razonamiento kantiano, a construir un sentido bajo el metafórico lenguaje de un Lacan o una María Zambrano, o –más módicamente- a encontrar la estructura óptima para una columna periodística o un poema, me hallo frente a situaciones irresolubles cuando se trata de cambiar un número en la agenda de mi teléfono móvil, y ni hablar de programar el aparato de DVD.

(De hecho, después de que hace unos cuatro meses mi hijo me creara este “blog”; y al fin me decidiese a empezar a escribirlo, no puedo recordar qué es lo que hay que hacer para poder entrar, de modo que en realidad, esto que alguien estará leyendo –si es que existe ese hipotético lector- está siendo ahora mismo escrito en un simple archivo de Word, que pasará al consabido “blog” cuando mi hijo reaparezca por esta casa y vuelva a explicarme el mecanismo por décima vez. Algo parecido me pasa con el facebook, a diario llueven “solicitudes de amistad”, que en general tiendo a confirmar, pero luego no respondo porque no me gusta que todo el mundo esté leyendo lo que se supone es un mensaje individual, y no he logrado descubrir cómo se hace para que lo que escriba en el “muro” sólo vaya a su destinatario).

Quizás por ese tipo de razones (neuroesclerosis, bloqueo mental o la que fuere), es que tampoco he logrado tener muy claro para qué sirve un “blog”, y por eso quizás también el mucho tiempo transcurrido entre la apertura de este “Poniendo el acento” cibernético y su primera versión. Que uno ya no es nadie sin estar en Facebook o sin tener “blog” parece incontestable. Así que hay que entrar por el aro. Antes de ponerme a escribir, investigo un poco lo que hacen otros en sus “blogs”. Encuentro el blog de un concejal de mi pueblo, por ejemplo, que se parece mucho a la idea que yo tengo de un portal informativo: una sucesión de noticias sobre las actividades que este edil prohija o en las que interviene. Bastante tengo con mi periódico y con el portal informativo “prensaxarquia.com”, que me obliga a redactar y comentar noticias a diario a las siete de la mañana, para que me den ganas de seguir. Así que busco otros. Los de políticos son la última ola, no hay político que se precie sin blog propio. Pero he ahí que –tras leer muchos de ellos- llego a la conclusión que estos señores se sientan por la noche a escribir lo mismo que han dicho durante el día en discursos, ruedas de prensa o televisiones. Voy a otros menos pretensiosos: hay quienes no tienen cámaras disponibles para lucirse, pero también quieren ser opinadores –de política, de fútbol, de astrología, sobre gustos no hay disgusto-. Están en su derecho. Otros blogs son transcripciones públicas de lo que yo, en mi adolescencia, llamaba “diario personal” y ocultaba con llave en un cajón de mi dormitorio. No me seduce tampoco poner mis intimidades en escena. Las variantes, he de reconocer después de deambular por multitud de bloges, son casi infinitas, pero sigo sin terminar de ver para qué quiero yo mismo escribir un “blog”.

Por fin, se me ocurre una posibilidad interesante. Quizás este blog sea el sitio adecuado para hablar con un poco más de libertad interior, acerca de las impresiones y reflexiones sobre las cosas con que me enfrento –exteriores e interiores- a diario, impresiones y reflexiones que muchas veces –en la cotidianeidad social- hay que encorsetar en los limitados moldes de los buenos modales, del estilo periodístico, de la corrección política, del sentido común, de la buena educación, de la prudencia. La idea va empezando a gustarme. Quizás este blog, pienso entonces, sea el sitio ideal para compartir algunos pensamientos que vayan más allá de lo que se puede decir en un periódico, o en la barra de un bar. Digamos, para liarse la manta a la cabeza. Aunque pensándolo mejor, me digo ahora: ¿y si alguien me lee?