domingo, 26 de junio de 2011

Mirando el partido

Hace ya más de siglo y medio que Marx dijo aquello de “la religión es el opio de los pueblos”. Una afirmación que, desmentidas ya algunas –no todas, desde luego- de las premisas marxistas, continúa siendo tan precisa como gráfica. Por cierto, una cosa que tengo claro es que sería realmente horrible tener que ir a parar al cielo cristiano donde te pasas la eternidad aburrido mirando extasiado el rostro de Dios. Si tuviera que elegir, ojalá me mandasen al cielo de los musulmanes, con todas esas huríes dispuestas a satisfacer los gustos más exigentes de los justos. Pero como soy de los que tienen claro también que cuando te mueres, te mueres y chau, no podré disfrutar de esa última posibilidad más que con la imaginación, y mientras esté vivo. En fin, lo que decía es que la religión es y seguirá siendo, desgraciadamente, el opio de los pueblos.

Cada época tiene –además- sus propios opiáceos, cada día más eficaces, para adormecer las conciencias y hacernos creer que España va bien, como decía el ínclito Aznar antes del derrumbe. Los medios de comunicación, desde luego, son esenciales en esa tarea. Pero tal vez en estos tiempos el opio más poderoso sea sin duda el fútbol convertido en espectáculo global diario. Que ni siquiera transcurre limitado por las pitadas del comienzo y final del partido, porque establece su continuidad sin cortes entreteniendo al personal con fichajes, discusiones de entrenadores, histrionismos de directivos, y últimamente también amoríos de los cracks. Es cierto que, junto a los comentarios sobre el clima o la denigración de los políticos a los que después votamos, constituye el único lenguaje universal de la barra de los bares, o cuando uno se encuentra condenado a entablar conversación sin que haya realmente ningún interés de por medio. Pero admitamos que el inmenso imperio del espectáculo futbolístico acaparando las conversaciones, las páginas de los periódicos y los minutos más extensos en los noticieros de radios y televisiones, son un fabuloso y bien montado adormidero del que no vamos a hacer nosotros el descubrimiento.

¿Por qué, entonces, siendo conscientes del papel que el juego (y el deporte en general, pero esto merecerá otra nota, un día de estos) tiene en el engrasado engranaje del sistema opresor, somos tantos los que sucumbimos a sus encantos y nos pegamos al televisor cada vez que hay un partido que promete? Para no irme por las ramas, hablar del Barcelona o mencionar a Messi o Zidane, me bastará el partido de anoche, en el que los juveniles españoles ganaron la Copa de Europa. No es que haya sido un partido de lujo, no mucho, pero en los dos goles de España uno termina descubriendo la respuesta a la pregunta que me hacía anteriormente.

Ejemplo uno: Thiago recibe un pase desde la derecha, sube por el carril izquierdo y envía la pelota con una perfecta trayectoria tal que, dadas las condiciones de la bisectriz trazada por la penetración en el área chica de Ander Herrera, la cabeza de éste último desviará forzosamente el balón para enviarlo directamente al fondo de las mallas. Una pura ecuación geométrica: fútbol- ciencia, como en el billar.

Ejemplo dos: cuando todos, incluidos los jugadores de uno y otro equipo (especialmente el portero rival), los relatores y las propias cámaras de televisión , están esperando un saque de falta cuya lógica exige ceder la pelota a un compañero, Thiago Alcántara tiene un auténtico “satori” (o un ataque de inspiración, si se quiere ser menos místico) como quien ve el campo de juego desde lo alto, y hace otra cosa, lo ilógico, tirar directamente al arco con una trayectoria tan perfecta que pasa sobre el portero y se clava en la red. De su propia imaginación, rompiendo las reglas, el jugador crea una jugada absolutamente original y personal que deja sin habla al personal. ¿Qué otra cosa es lo que se le pide al arte?

Es lo que tiene el fútbol, a veces tienes que aburrirte una hora y media para ver dos obras de arte (¿o de ciencia?, lo mismo da) que lo justifiquen. Pero no sería lo mismo verlas sueltas, aisladas del partido, en el telediario. Sin contar, argumento que no es baladí, que aún con esas maravillas a la vista, pudiera haber ocurrido que los suizos, con unos rebotes inoportunos o algún error inesperado de los españoles, hubiesen marcado tres goles y se hubiesen llevado la copa a pesar de su inferioridad. ¿No le ganó el Hércules al Barcelona y el Alavés al Real Madrid?

Debe ser eso lo que tiene el fútbol y que nos atrapa a tantos, aún a nuestro pesar. Ah, y también mantenernos entretenidos para no pensar en cómo vamos a llegar esta vez a fin de mes.

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