En una magnífica película de Woody Allen, un prestigioso cardiólogo sufre el acoso de una amante obsesiva hasta el punto de hacer peligrar su estabilidad matrimonial y –desde luego- su imagen profesional. En una conversación privada con su hermanastro, cariñoso pero severo “padrino” mafioso, le cuenta sus penas manifestando el deseo de que esa mujer “desapareciese para siempre” de su vida. El hermano, regido por la moral de la mafia (la familia es lo primero), no hace otra cosa que ejecutar ese deseo: literalmente, hace “desaparecer” a la amante fastidiosa, esto es: se la carga. El resto de la película, transcurre en el conflicto moral del personaje (que no comparte, claro, la moral de la mafia), y se dice a sí mismo que nunca pretendió que sus palabras fueran tomadas tan al pie de la letra.
En el siglo XII, el rey inglés Enrique II, fastidiado por una más de las reiteradas oposiciones a su política por parte de su ex amigo el obispo Thomas Beckett, emite en voz alta entre un grupo de fieles seguidores la frase “¿Pero no hay nadie que me quite de encima a ese cura?”. Desde luego, dos de ellos no tardan en satisfacer el sentido literal de sus palabras, y asesinan a Beckett en su propia iglesia esa misma tarde. El rey, desde luego, argumenta que sus palabras eran en sentido figurado y condena a muerte a los asesinos.
Los códigos morales de la mafia o de la lealtad medieval, no son desde luego los que rigen las actuales coordenadas del poder –ni el político ni el económico, que es el de verdad- en nuestra moderna y democrática sociedad actual. Pero tampoco lo eran, al menos presuntamente, ni para el cardiólogo de Woody Allen, ni para el rey inglés.
Resulta difícil admitir que estos dos últimos, sin embargo, fueran absolutamente inocentes de mencionar ciertos “deseos” frente a personas cuyos códigos implicaban los resultados ocurridos. La moral del poder (del que participan cada uno en su puesto tanto el rey como el prestigioso y rico cardiólogo) es lo suficientemente hipócrita como para hacer ejecutar sus deseos y necesidades sin mancharse las manos de sangre, ni la conciencia de culpa.
Cuando escucho afirmar lo mucho que ha progresado el mundo “occidental y cristiano”, porque ahora los que mandan no encierran a sus enemigos políticos o a sus críticos en mazmorras, ni los mandan degollar en cuanto se ponen muy pesados; pienso en las mil maneras que tiene a su disposición el poder para hacer “desaparecer” a quienes se enfrentan a ellos: el aislamiento social, la mordaza mediática, la difamación y descalificación realizada a través de la manipulación de la información, la negación y bloqueo de todo tipo de derechos en los ámbitos institucionales, el ahogo económico, y hasta la “oportuna” intervención de la endiosada Justicia cuando les hace falta: abogados caros y jueces amigos son un capital invalorable hoy en día; los ejemplos sobran. Y si todo eso no machaca al que está dispuesto a sacarle los trapitos al sol y las corruptelas a la vista, tampoco se descarta la solución final, como en los presuntos “tiempos superados”: también hay ejemplos, y eso sólo hablando de los que se saben.
Claro que, en todos los casos, con las manos limpias y la conciencia tranquila, porque en esta sociedad tan civilizada y democrática, nunca falta tampoco un hermano mafioso o un seguidor de lealtad perruna, para asumir gustoso el trabajo sucio.

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