Se habla mucho en estos días del conflicto de las primarias del PSOE en Madrid, pero nadie parece enterarse de que en la propia Málaga subyace una cuestión parecida, con la diferencia de que en tierras andaluzas los jefes ordenan y mandan, y al que no le guste que se vaya. Efectivamente, si el propio Zapatero pensó en pasar por encima de la militancia socialista madrileña –que apoya a su secretario general, Tomás Gómez- y poner a su propia candidata –la ministra Trinidad Jiménez-, la resistencia del propio Gómez ha forzado unas primarias que a nadie gustan, pero que nadie puede legalmente suprimir. Lo de Málaga, en cambio, es peor: por su cuenta, Griñán y el secretario provincial, un Miguel Ángel Heredia al que no le envidio las calificaciones con las que seguramente pasará a la historia del socialismo malagueño, decidieron que María Gámez era la candidata idónea para la alcaldía malagueña, y aunque el ex delegado Ignacio Trillo y un grupo de militantes locales exigen que se abra un proceso de primarias, desde el comité provincial y desde Sevilla les han negado todo derecho a la confrontación democrática.
Es que la historia reciente de las primarias en el PSOE es singular: cada vez que se ha abierto un proceso, la militancia les ha dado serios revolcones a los jefes. Basta recordar la sucesión de Felipe González, cuando Almunia era “el caballo del comisario”, pero ganó Borrell (que después dimitió porque, con un llamativo sentido de la oportunidad, salió a la luz la corrupción de dos de sus directos subordinados). Más cercano, el último recambio en la dirección provincial malagueña: cuando a través de la red la llamada Alternativa (que terminó dirigiendo el historiador Fernando Arcas) plantó cara al dedo de Bustinduy, Pendón y los que inventaron una continuidad disimulada con el rostro de Heredia, decían que eran “dos y un ordenador”. Forzados a la interna, los disidentes rondaron el 40%. No podremos saber cuántos socialistas malagueños disienten con el nuevo dedazo que proclamó a la Gámez, porque esta vez han sido más directos: no habrá interna por mucho que patalee quienquiera. No vayan a creer que es muy diferente la mecánica en la mayoría de las agrupaciones locales: estás con el jefe o te quedas afuera. De la “democracia interna” que siempre ensalzaron, han pasado al “centralismo democrático” del que tanto abjuraron. “El que se mueve no sale en la foto”, dijo en aquella frase ya histórica Alfonso Guerra: lo movieron a empujones, y ya no sale en ninguna. El que a hierro mata, a hierro muere. Y si no, que le pregunten a Pendón. (¿Y a Souviron? ¿O es que ese se ha vuelto a aferrar a los faldones del traje del poder interno?).
Quien crea que estoy en campaña antisocialista, se equivoca. Que yo recuerde, en las dos décadas en que sigo la política española, no recuerdo que el PP ni una vez haya dado signos de democracia interna. No sé si recuerdan ustedes cómo se resolvió la en su momento gran expectativa entre los dos posibles sucesores de Aznar: Rajoy y Rato. ¿Elecciones internas? ¿Congreso de delegados con libertad de posicionamiento? No: el nuevo caudillo ya había apuntado el nombre de su sucesor en su “libreta azul”; todo lo que cabía era esperar y hacer apuestas sobre su voluntad suprema. No es un ejemplo para contraponer, precisamente. Claro que tampoco sirve que aprovechando esos mimbres los socialistas se justifiquen enarbolando el “y tú más”. A ver cuándo los políticos dejan de jugar a quién es peor, y tratan de demostrar algo bueno.
Y en fin, tampoco se piense nadie que esto va encaminado a cantarle loas al sistema del que hace jactancia Izquierda Unida, o sea el famoso “asambleísmo”. Un sistema que consiste en revestir de supremo acto de democracia la decisión de un número minúsculo de militantes, siempre alineados con las opciones de poder interno dominantes, por encima de todo posible amago de disidencia (que es rápidamente anatematizado y convertido en enemigo, y de purgas la izquierda comunista sabe mucho) e incluso contra toda evidencia externa. Y a veces ni siquiera, y si no que le pregunten al pobre inocente de José Luis Alcón cuándo se va a reunir la asamblea de IU de Vélez para decidir sobre el ingreso de Sánchez Toré al gobierno tripartito.
Insisto en lo que afirmo en la anterior nota de este blog, y que vengo advirtiendo hace tiempo: los partidos “democráticos” se están convirtiendo aceleradamente en meros “aparatos” de distribución y captación de favores, máquinas donde el sistema japonés de la verticalidad sumisa –bautizada eufemísticamente “disciplina partidaria”- resta cada vez más espacio al debate interno, y por lo tanto consolida políticas y rostros sólo avalados por su propia posición en el poder; en los que los cambios no son producto de la confrontación de ideas y proyectos, sino fruto de conspiraciones internas entre camarillas. De un tiempo a esta parte, no conozco a nadie que esté dispuesto a ingresar a la política activa, partidaria, si no es aceptando esas reglas del juego en beneficio de futuros provechos económicos o personales. La política es hoy una mercancía más, un producto lanzado a la dictadura del mercado, en el que un reducido número de corporaciones compiten para que las grandes mayorías consuman, mientras unos pocos se alzan con los beneficios.
Decía hace poco Carrillo en una entrevista –y yo estoy plenamente de acuerdo con ello-, que si renegamos de la política estamos condenados a la resurrección del autoritarismo y la dictadura. El problema es que esa es la acusación que nos arrojan a la cara, a todos los que intentamos cuestionar no a la política, sino a los métodos de la política profesional que hoy nos quieren hacer confundir con la democracia. Y precisamente es ese cambio el que reclamamos, para que no siga creciendo vertiginosamente en los ciudadanos la repulsa por la política, con las peligrosas consecuencias de que alerta el ex dirigente comunista. El problema es si estos políticos pueden, saben, o siquiera están dispuestos a hacerlo.
Es que la historia reciente de las primarias en el PSOE es singular: cada vez que se ha abierto un proceso, la militancia les ha dado serios revolcones a los jefes. Basta recordar la sucesión de Felipe González, cuando Almunia era “el caballo del comisario”, pero ganó Borrell (que después dimitió porque, con un llamativo sentido de la oportunidad, salió a la luz la corrupción de dos de sus directos subordinados). Más cercano, el último recambio en la dirección provincial malagueña: cuando a través de la red la llamada Alternativa (que terminó dirigiendo el historiador Fernando Arcas) plantó cara al dedo de Bustinduy, Pendón y los que inventaron una continuidad disimulada con el rostro de Heredia, decían que eran “dos y un ordenador”. Forzados a la interna, los disidentes rondaron el 40%. No podremos saber cuántos socialistas malagueños disienten con el nuevo dedazo que proclamó a la Gámez, porque esta vez han sido más directos: no habrá interna por mucho que patalee quienquiera. No vayan a creer que es muy diferente la mecánica en la mayoría de las agrupaciones locales: estás con el jefe o te quedas afuera. De la “democracia interna” que siempre ensalzaron, han pasado al “centralismo democrático” del que tanto abjuraron. “El que se mueve no sale en la foto”, dijo en aquella frase ya histórica Alfonso Guerra: lo movieron a empujones, y ya no sale en ninguna. El que a hierro mata, a hierro muere. Y si no, que le pregunten a Pendón. (¿Y a Souviron? ¿O es que ese se ha vuelto a aferrar a los faldones del traje del poder interno?).
Quien crea que estoy en campaña antisocialista, se equivoca. Que yo recuerde, en las dos décadas en que sigo la política española, no recuerdo que el PP ni una vez haya dado signos de democracia interna. No sé si recuerdan ustedes cómo se resolvió la en su momento gran expectativa entre los dos posibles sucesores de Aznar: Rajoy y Rato. ¿Elecciones internas? ¿Congreso de delegados con libertad de posicionamiento? No: el nuevo caudillo ya había apuntado el nombre de su sucesor en su “libreta azul”; todo lo que cabía era esperar y hacer apuestas sobre su voluntad suprema. No es un ejemplo para contraponer, precisamente. Claro que tampoco sirve que aprovechando esos mimbres los socialistas se justifiquen enarbolando el “y tú más”. A ver cuándo los políticos dejan de jugar a quién es peor, y tratan de demostrar algo bueno.
Y en fin, tampoco se piense nadie que esto va encaminado a cantarle loas al sistema del que hace jactancia Izquierda Unida, o sea el famoso “asambleísmo”. Un sistema que consiste en revestir de supremo acto de democracia la decisión de un número minúsculo de militantes, siempre alineados con las opciones de poder interno dominantes, por encima de todo posible amago de disidencia (que es rápidamente anatematizado y convertido en enemigo, y de purgas la izquierda comunista sabe mucho) e incluso contra toda evidencia externa. Y a veces ni siquiera, y si no que le pregunten al pobre inocente de José Luis Alcón cuándo se va a reunir la asamblea de IU de Vélez para decidir sobre el ingreso de Sánchez Toré al gobierno tripartito.
Insisto en lo que afirmo en la anterior nota de este blog, y que vengo advirtiendo hace tiempo: los partidos “democráticos” se están convirtiendo aceleradamente en meros “aparatos” de distribución y captación de favores, máquinas donde el sistema japonés de la verticalidad sumisa –bautizada eufemísticamente “disciplina partidaria”- resta cada vez más espacio al debate interno, y por lo tanto consolida políticas y rostros sólo avalados por su propia posición en el poder; en los que los cambios no son producto de la confrontación de ideas y proyectos, sino fruto de conspiraciones internas entre camarillas. De un tiempo a esta parte, no conozco a nadie que esté dispuesto a ingresar a la política activa, partidaria, si no es aceptando esas reglas del juego en beneficio de futuros provechos económicos o personales. La política es hoy una mercancía más, un producto lanzado a la dictadura del mercado, en el que un reducido número de corporaciones compiten para que las grandes mayorías consuman, mientras unos pocos se alzan con los beneficios.
Decía hace poco Carrillo en una entrevista –y yo estoy plenamente de acuerdo con ello-, que si renegamos de la política estamos condenados a la resurrección del autoritarismo y la dictadura. El problema es que esa es la acusación que nos arrojan a la cara, a todos los que intentamos cuestionar no a la política, sino a los métodos de la política profesional que hoy nos quieren hacer confundir con la democracia. Y precisamente es ese cambio el que reclamamos, para que no siga creciendo vertiginosamente en los ciudadanos la repulsa por la política, con las peligrosas consecuencias de que alerta el ex dirigente comunista. El problema es si estos políticos pueden, saben, o siquiera están dispuestos a hacerlo.

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