martes, 3 de agosto de 2010

Pobres los que no están al día

Hace algunos días leí en un periódico digital una nota del plástico nerjeño Rogelio López Cuenca, en la que criticaba la manía de quienes llevan la prensa del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, de calificar a todas sus muestras con la muletilla del “por primera vez…” (como si la primicia, y no el contenido, fuese lo importante: desde luego, es una constante del marketing de los espectáculos). Esta obsesión por hacer las cosas –presuntamente-antes que los demás, es ya una presencia habitual en el periodismo, que se desespera por lograr que sus noticias sean “una primicia” (así sean las groserías de Belén Esteban). Un periodista que conozco, jefe de prensa de un ayuntamiento axárquico, parece no poder redactar un comunicado de prensa sin incluir la palabra “pionero” para calificar lo que sea que haya hecho ese día el consistorio que le paga. Resulta que se puede ser “pionero” ya hasta porque te toque ser el primero en la lista de una exposición itinerante de fotos, por ejemplo.

Atravesamos una etapa de la humanidad (bueno, hablar de “humanidad” cuando nos referimos a las costumbres de los habitantes de países más o menos ricos, o al menos a los habitantes más o menos ricos de los países, es un despropósito; pero los demás –ya se sabe- sólo existen en la estadística) en que la novedad se ha convertido en el principal valor de cambio. Millones de ciudadanos presuntamente de inteligencia y cultura media, compran a diario prensa deportiva para enterarse de qué pasó en el entrenamiento de su equipo favorito. Como si eso pudiera cambiar algo. Otros tantos millones ven la telebasura de la tarde para enterarse de cuáles son las últimas alternativas de la carrera de insultos que se prodigan “famosos” que lo son sólo por insultarse entre ellos en televisión. Como si tuviera algo que ver con sus propias vidas. Más millones están pendientes de los telediarios, para no tardar un día más en enterarse de cuántos muertos ha habido en el terremoto de Pakistán, o de las últimas revelaciones del caso Gurtel. El que no “está al día” no existe, para nuestras mentes contemporáneas y occidentales. Y te lo dicen a la cara, todo el tiempo, si descubren que no te has enterado de cuáles son los últimos estrenos de la cartelera cinematográfica (aunque en tu pueblo no haya cine).

El ansia de novedad es una ley, porque vivimos bajo el imperio de la fugacidad. No importa, realmente, lo que ocurre en el entrenamiento del Madrid o bajo los escombros de Pakistán, lo que importa es el hecho mismo de estar enterado, de poder hablar de ello si el escenario lo requiere (el fútbol, sobre todo, como nuevo dios omnipotente de la barra de los bares: antes era el tiempo), de poder manifestar nuestra superioridad y modernidad ante quien ignora las enormes posibilidades de la nueva generación de teléfonos móviles. No hace falta siquiera entender por qué ocurren las cosas de que nos enteramos, no es problema nuestro. Ir hacia atrás, buscar las explicaciones de un hecho, conocer sus antecedentes para poder interpretarlo, todo eso resulta un esfuerzo demasiado complicado, y que quizás nos consuma un tiempo valioso que nos impida enterarnos de otros hechos nuevos. Hay que consumir rápidamente la vida, y la vida actual es un gran espectáculo en el cual casi nunca –ni siquiera- somos actores. Y luego nos quejamos amargamente de que los más jóvenes rechacen todo lo que les implique un mínimo esfuerzo (estudiar, por ejemplo, el ejemplo más flagrante).

Pero no nos engañemos, esa desesperación por la novedad, por enterarnos antes que otros de lo que no tiene ninguna importancia, por cambiar el coche, por renovar los muebles de la casa o el móvil, no es “una idiosincrasia de la vida moderna”, así en abstracto, como seguramente diría con soltura algún tertuliano de radio local imitando lo que ha escuchado en la Ser o en la COPE. Lo que está detrás del ansia de novedad, de lo nuevo y lo de último momento como eje de la vida y de la desesperación por ser el primero (sobre todo en las banalidades), es un ajustado y nada abstracto mecanismo económico que produce lo que consumimos (los coches, los muebles y los medios de comunicación, para seguir con los ejemplos, pero en realidad, todo lo que va componiendo nuestra vida: todo, hasta el ocio, hasta las relaciones personales, hasta nuestra propia conciencia). Vivimos en la fugacidad, porque es necesario para el mecanismo de producción capitalista que agotemos rápidamente las cosas para que nos veamos necesitadas de comprar otras: no se puede parar la producción ni el crecimiento de la economía, porque todo se derrumba, al menos en el “modo de vida” que consideramos el nuestro. Hoy se compran, consumen rápidamente, van a la basura y se reemplazan por otros, los televisores, los móviles y los coches; pero también las noticias, las creencias y hasta la filosofía.

Y pobre del que no esté al día…

1 comentario:

  1. Gracias por tu blog. Decididamente no debo estar al día. A lo mejor ni soy de este mundo, casi seguro. Aún creo en las utopías, Enrique.

    ResponderEliminar