domingo, 10 de julio de 2011

La oportunidad perdida de los socialistas

El novedoso candidato que presentará el PSOE en las próximas elecciones, es todo un símbolo de lo que ha ocurrido con el partido en los últimos veinte años. Alfredo Pérez Rubalcaba fue el último ministro “estrella” de Felipe González, en aquella etapa final de su liderazgo en el que el socialismo en el poder se había convertido en una olla podrida en la que medraban a su gusto los aprovechados (los propios, como Roldán, o los amigos como Mario Conde, por dar sólo dos ejemplos); y que los ciudadanos terminaron por repudiar hasta el punto de echarlos de La Moncloa. Si las bases socialistas intentaron entonces de buena fe modificar el rumbo, y obligaron al PSOE a una interna de donde surgió, contra todo pronóstico, la candidatura del catalán Josep Borrell; no tardó el “aparato” en sacarle–con la complicidad de los medios a su disposición, como siempre- una grave corruptela en donde estaban implicados dos de sus colaboradores más cercanos (aunque nunca se haya probado que el propio Borrell tuviera algo que ver en el asunto), y cargárselo para dejar el paso abierto al señor Almunia, que era el delfín que habían elegido los amigos de Felipe. Así les fue, de todos modos.

Supongo que todos supusimos, y los primeros sus propios votantes, que el revolcón de castigo que el electorado imprimió entonces, tendría al menos como parte positiva que los socialdemócratas españoles hicieran un profundo acto de autocrítica y reflexión, para echar por la borda el lastre de una dinámica partidaria asentada en el amiguismo y las fidelidades perrunas, más preocupada del mantenimiento de sus compromisos internos y de sus redes de poder, que de retomar el contacto con la realidad de la gente y de recordar que –al menos en su nombre- ostentaban las palabras “socialista” y “obrero”.

El resultado de ese presunto proceso de regeneración, fue el liderazgo de Zapatero, candidato con “talante” pero sin carisma y apropiado a las medias tintas de moda en la inocua política europea (recordarán ustedes aquellos guiñoles donde se lo caracterizaba como “Sosoman”), y que terminó llegando a la Presidencia casi de casualidad gracias a las enormes burradas de Aznar y su corte de fachas con la guerra de Irak y el atentado del 14-M. Pero más allá de los gestos para la galería y las apelaciones eternas al lobo de la derecha (que han seguido practicando insistentemente, pero que ahora les está dando el mismo resultado que al pastorcito), lo cierto es que muy pronto se vio que la oportunidad de refundarse tras la salida de Felipe, había sido una oportunidad desperdiciada. Y si alguien quiere mejores pruebas de ello, basta con que haya estado en Andalucía.

Con una crisis mundial que en España ha sido (es)aún más grave gracias al distorsionado aparato productivo entregado a la especulación y el ladrillo, promovido unánimemente por González, Aznar y el propio Zapatero, los gestos de “progresismo” de opereta no han bastado para que el descrédito de la gestión socialista se convirtiesen en pocos meses en la carta de defunción de Zapatero y todo lo que huela a PSOE. Salvo, claro, entre la sin duda nutrida falange de favorecidos, amiguetes, entenados, enchufados y familiares que han sabido montar en tantos años de manejar los hilos del poder, y que no han podido (o no han querido) desmontar cuando pudieron y debieron hacerlo. Miopes o profundamente atrincherados en el autismo y la defensa de esas redes de clientelismo, no comprendieron (creo que todavía siguen sin terminar de entenderlo) que eso era lo único que les iba quedando. Y tal como pinta el patio, pronto seguro que ni eso, porque ya se sabe que los que viven de favores no tardan mucho en cambiar de camiseta y hacer méritos a favor del equipo contrario.

La guinda del pastel de su miopía (o mejor: la prueba flagrante de que nada había cambiado en el partido), fue el nuevo encumbramiento del ínclito Rubalcaba como hombre fuerte del gobierno, “sinceramiento” puesto en marcha por Zapatero cuando ya no le quedaban más balas en la recámara. Si había demostración más evidente de que el PSOE no ha aprendido la lección del 96, es sin duda ese: pero la sociedad española ha agotado –hasta en territorios donde la hegemonía socialista parecía eterna como Andalucía o Extremadura- la credibilidad de los socialistas. No sólo porque sufre en sus carnes y en sus bolsillos una situación que en el fondo no es culpa especialmente del PSOE, sino porque sigue viendo cómo en lugar de buscar respuestas, los socialistas se han dedicado a actuar como una especie de mafia que sólo busca salvar los escasos espacios de poder que le van quedando, y proteger a los suyos aunque para ello tenga que pasar por encima de todo el resto de los ciudadanos. Como los ejércitos en retirada, el PSOE ha optado por la política de tierra arrasada, aunque nadie sabe qué va a sacar de positivo con ello.

¿Cómo entonces, alguien va a creerle al mismo Pérez Rubalcaba de siempre (aunque ahora quiere que le digan “Alfredo”) que si gana las próximas elecciones enfrentará a los banqueros, recuperará los principios de la izquierda, y todas esas promesas que acaba de hacer en su discurso de proclamación? Si el PSOE se propone hacer –si gana las próximas elecciones- todo lo que dice ahora “Alfredo”, ¿por qué no lo hace ahora mismo? Después de todo, todavía le queda, al menos teóricamente, un año de gobierno. Si está en sus manos hacerlo después de las elecciones, ¿qué tal empezar a hacerlo ahora mismo? Y si no empieza ya a hacerlo, que no venga entonces “Alfredo” a querernos vender la burra.

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