Se llama erróneamente “lucha contra la globalización” (otro recurso tramposo del discurso dominante) a la oposición creciente de muy diversos sectores de la sociedad actual a las formas desiguales que adopta esa mundialización de la economía, la tecnología y la cultura. Esto es: que las diferencias sociales y culturales ya no permanecen interiores a cada pueblo, sino que han tomado homogéneamente al planeta como campo. Los sectores dominantes, sin nacionalidad preferente, se han concentrado para reducir al resto de la humanidad, también sin distinción de nacionalidades, a meros consumidores, cuando no a arrojarlos directamente fuera del mercado. El viejo concepto político de “imperialismo”, en apariencia todavía muy válido en terrenos como el militar, ha perdido en realidad su significación tradicional: ya no son unos países los que dominan a otros, sino en todo caso incluso esas fuerzas militares responden a la defensa de intereses económicos de capitales económico-financieros que bien pueden estar en los Estados Unidos o en Birmania (el dinero no tiene patria, dice un viejo dicho). Y es contra esa forma de globalización la que se lucha. Porque desde tiempos pretéritos, la utopía de los mejores hombres ha sido justamente otra globalización: un mundo sin fronteras, sin exacerbamientos patrioteriles, en el que todos los seres humanos disfrutemos del derecho a la vida, a la dignidad, a la igualdad; un mundo donde las diferencias de raza, religión o forma de pensar no supongan la superioridad o la dominación de unos sobre los otros.
Una globalización de tales características, si es que algún día pudiese ser alcanzada (aunque la historia mueve al pesimismo), significaría, entre otras muchas cosas, la circulación mundial de los seres humanos por el simple ejercicio de la libertad de vivir en donde a cada uno le plazca. Desgraciadamente, no es así la realidad de hoy: en su gran mayoría, el desplazamiento de los hombres y las mujeres obedece a la necesidad de buscar sociedades que ofrezcan mayores posibilidades de desarrollo económico y calidad de vida. Son los pobres del mundo, los que acuden –a veces a riesgo de sus propias vidas- hacia los países con economías más desarrolladas para albergar una esperanza. Y esas migraciones humanas se han demostrado imparables, a pesar de las permanentes barreras que los países del llamado “primer mundo” levantan (pocos se atreven a recordar que no es menos vergonzosa la valla metálica que separa Ceuta y Melilla de Marruecos, que el muro que levantó Israel para discriminar a los palestinos). El sur de España, por añadidura, agrega una nueva mezcla, al recibir ambos tipos de inmigración: la de los países pobres en busca de mejores condiciones de vida económica y laboral; y la de los países ricos en busca de mejor calidad de vida y climas más benignos. Por dar un ejemplo evidente: más del 20% de los alumnos del Instituto de Torrox son hijos de extranjeros, un porcentaje que comparten alemanes, marroquíes, ingleses, argentinos, bolivianos o ucranianos.
Dadas así las cosas, uno de los debates con mayor implicancia social en nuestra realidad social, es el de la multiculturalidad. ¿Es posible la convivencia en un mismo marco de muy diversas actitudes culturales, en lo tocante a las costumbres, la religión, los ritos, o las creencias que forman la base de la personalidad? Que nuestros sentimientos fraternos y progresistas nos hagan responder rápidamente que sí, y que estemos dispuestos a afrontar con decisión el tremendo desafío que significa demostrarlo en la práctica, no basta para obviar que las dificultades son muchas, a veces incluso desalentadoras. Y es que el relativismo cultural, aparentemente “políticamente correcto” en la sociedad europea actual, no suele dar respuesta a muchas cuestiones de calado. ¿Permitiría usted –ciudadano europeo- que la niña de padres africanos que vive al lado sufra la ablación de su clítoris, una práctica cultural extendida en aquel continente? ¿Aceptaría que sus vecinos musulmanes lapiden a una mujer por adulterio, algo que para algunos es ley de su religión? ¿Y que su vecino hebreo o hindú prohíban a su hija casarse con alguien que no es de su raza? Es evidente que hay prácticas que, por muy legitimadas que estén dentro de una cultura, no pueden ser aceptadas sin más.
¿Por qué unas particularidades culturales sí, y otras no? La selección de cuáles son las prácticas culturales aceptables y cuáles las que no, responde a unos criterios propios de la cultura occidental desarrollada históricamente a partir del eje greco-romano (en la actualidad, “el derecho a la vida”, los “derechos individuales”, la “igualdad de géneros”, etc); unos criterios que otras culturas, también históricas, no categorizan del mismo modo. Hilando fino, podríamos decir que la aceptación de los hábitos culturales de otros pueblos (incluso los que repugnan a nuestra conciencia) es la única forma de auténtica “multiculturalidad”. Lo que en verdad existe, aunque nos suene mal, es la sumisión de las prácticas culturales de otras culturas a la nuestra. Es obvio que visto desde nuestros valores, no podemos dejar de considerar a ciertas imposiciones culturales como necesarias. Es más, sin duda estaríamos encantados de ver cómo se impone la globalización de esos criterios culturales nuestros: ¿quién no desea que ninguna “sharia” pudiese condenar a Amina a la lapidación? Pero, ¿por qué no tienen derecho a pensar los hindúes, los chiíes o los masai lo mismo que pensamos nosotros sobre la superioridad de nuestros valores?
Y es que, a mi juicio, el error del concepto de relativismo cultural es concebir a las culturas como estáticas, y por lo tanto, homogéneas. Por el contrario, toda cultura es el resultado de una tensión entre actitudes de conservación y actitudes de cambio. Como muy bien han advertido los pensadores más lúcidos, del mismo modo que (por ejemplo) el folklore y las tradiciones actúan como elemento de resistencia a la penetración cultural que emboza una dominación económica, también resultan al mismo tiempo un freno al progreso y a cualquier revolución (concebido este término como un cambio en las costumbres y los criterios culturales, y también –por que no- en la organización económica de la sociedad). Y al mismo tiempo, la penetración cultural no sólo puede ser nociva al atacar la identidad de un pueblo, sino que también puede contribuir a liberar de sus ataduras al pensamiento crítico y al progreso. Los ejemplos sobran.
En suma, la progresiva globalización de las costumbres y las creencias, también encierra esa tensión: unas culturas irán interpenetrando en otras, actuando a veces como freno y a veces como impulsoras de las transformaciones hacia una moral más universal, un proceso de mestizaje cultural que no tengo dudas es y será beneficioso para la humanidad. Pero entretanto, el debate entre esas culturas, incluso su choque abierto en muchas ocasiones, será un hecho inevitable que no podremos ignorar apelando a teorizaciones, generalizaciones voluntaristas o actos de fe. Más nos vale tener el coraje de admitirlo y afrontarlo en todo su potencial y riesgo.
