lunes, 15 de agosto de 2011

Algunas hipótesis sobre el fracaso de la izquierda

Difícil papeleta, sin duda, toca en el mundo de hoy a quienes aún creemos que tiene algún sentido la identificación política –y ante todo ideológica, siempre que despojemos al término “ideología” de su componente dogmático y negativo, el cual el propio Marx denunciaba- de ser “de izquierda”. Es verdad, por una parte, que el abuso en las diferenciaciones tajantes entre “izquierda” y “derecha”, sobre todo puestas al servicio propagandístico de los grupos políticos institucionales que se apropian de esas identificaciones, está bloqueando en el imaginario político la posible aparición de una forma alternativa de resolver los grandes dilemas de la actualidad (sobre todo, insisto, en las “democracias” del Primer Mundo, ya que ocurren otras variables en naciones periféricas, como por ejemplo en Latinoamérica, cuyos procesos políticos son al parecer incomprensibles desde –por lo menos- la parte de la intelectualidad europea que se asoma a los medios de comunicación).

Desmoronada junto al Muro de Berlín (aunque interiormente cuestionada desde mucho antes) la conciencia de una “izquierda” con la vista puesta en el horizonte fijo del comunismo (fueran cuales fueren las variables del camino hacia el mismo), hoy la izquierda europea asiste a el duro revés para su autoestima de verse arrasada en casi todas partes (y donde no lo ha sido aún, como en España, vive ya su agonía irreversible) por un neoliberalismo feroz que está demostrando que su única política es la de pegarse a la legitimación del “mercado libre”, mercado que de libre no tiene nada, porque está claramente dominado por la especulación financiera, que no produce riqueza -y ni siquiera empleo- para las naciones como quería Adam Smith , sino sólo para el sector bancario y sus jerarcas (aunque nos quieran vender que sus ganancias se democratizan a través de millones de accionistas, cuyo protagonismo es nulo porque en realidad están articulados por esos mismos bancos y sus “fondos de inversión”).

El optimismo casi metafísico de Marx y sus inmediatos seguidores en un mecanismo irreversible (“la contradicción entre el desarrollo de los medios de producción y la apropiación individual de los beneficios”) que convertiría el sistema capitalista en un socialismo igualitario sin clases –tras la necesaria etapa de la leninista “dictadura del proletariado”-, se ha demostrado históricamente incompatible con la realidad, por más que nadie pueda negar que pueda seguir siendo un objetivo deseable y –por qué no- alguna vez posible (la historia no se acaba, como creían Hegel y Fukuyama) . Quizás sea razonable intentar localizar algunos puntos de anclaje desde donde poder avizorar las razones de este fracaso actual de la izquierda (hablo siempre de esta “izquierda occidental” que predomina básicamente en Europa). El primero de ellos creo que nadie con suficiente capacidad de razonamiento lo puede negar: mientras la izquierda institucional (concretamente, la llamada “socialdemocracia”) siga pretendiendo jugar este partido en el campo del enemigo, aceptando las reglas del juego impuestas por el rival, y limitándose a correr tras el balón siempre en los pies de “los mercados”, su intento está condenado de antemano a la derrota, por más que la mimetización les permita a veces y en algún sitio acceder al poder y repartirse sus privilegios sin cambiar nada de la realidad. Pero no menos preocupante para el futuro de la izquierda, es la tendencia de otras de sus orientaciones, a seguir basando sus estrategias y políticas en la abstracción ideológica de “las mayorías” y la “representación de sus intereses”; convertidos en presuntas vanguardias de nadie, ya que “las mayorías” –pese a sus contradicciones fácticas- han optado hace tiempo por convertirse de buen grado a la dinámica capitalista, por más que –siempre desde dentro del sistema- tengan encontronazos de diverso grado de gravedad con ella.

Muchos izquierdistas de la actualidad parecen haberse saltado toda la reflexión de uno de los más preclaros comunistas del siglo XX, Antonio Gramsci, quien explicó con gran lucidez cómo la ideología del sistema se impone sobre la totalidad de la sociedad configurando una “hegemonía” legitimadora, a través de diversos mecanismos de manipulación de las conciencias individuales, como por ejemplo la educación, los códigos de justicia o –agregaría yo para actualizar al máximo la postulación gramsciana- los medios de comunicación de masas. La izquierda europea no está siendo derrotada por su dificultad de encontrar respuestas capitalistas a la crisis del capitalismo, sino porque ha perdido su sitio en el imaginario ideológico colectivo. Si logra mantenerse institucionalmente cohesionada (cosa que dudosamente puede ocurrir tras su desplazamiento del poder, y eso se está viendo en toda Europa), podrá quizás recuperar poder en las instituciones representativas, una vez que se demuestre que la “derecha” política también es ineficaz frente al gobierno globalizado del poder financiero internacional (aunque al deplorable ombliguismo español le produzca orgullo que un par de esos grandes bancos que están demoliendo la economía mundial sean de origen ibérico). O sea, cuando se demuestre definitivamente el fracaso de los Berlusconi o los Sarkozy, como se demostrará en su momento el de Rajoy. Pero en todo caso, no será una posible “resurrección de la izquierda”, sino sólo de unas burocracias de poder que se autoidentifican con ese nombre.

La identidad de la izquierda, aventuro una vez más, quizás no esté en estos momentos tanto en reivindicarse adalid de “las mayorías” (que no lo es más que en su propio fantasma ideológico), como en ejercer la resistencia frente a la prepotencia de quienes creen que “tener una mayoría democrática” (esto es, tener más votos que los demás) legitima sin más el uso del poder en contra de los derechos de las minorías, e incluso –por qué no decirlo recuperando para nosotros el que fuese alguna vez presunto principio básico del liberalismo- el derecho de las conciencias individuales a obrar según su propio convencimiento, mientras no afecten a los derechos de los demás. Y eso, a veces, sin miedo ni pudor a estar en disidencia con lo que las “mayorías” sociales o políticas, cuyo pensamiento está manipulado por los mecanismos hegemónicos, puedan opinar. Una exigencia que sin duda requiere bajarse de la grandilocuencia de la apelación a “las masas” y acometer la construcción de un espacio social que habrá de hacerse –quizás- de menor a mayor, conquistando primero los espacios pequeños pero concretos de la vida cotidiana, y encontrando al mismo tiempo, a partir de la experiencia sin anteojeras en esos pequeños espacios, nuevas respuestas ideológicas y también –desde luego- nuevas formas de resistencia. En suma, no estaría mal que la izquierda reconquistara el contestatarismo, que no significa como nos lo quieren hacer creer el salir a apedrear escaparates, sino hacerse presentes allí donde la máquina trituradora del sistema, presuntamente legitimado por la representación democrática y la propia legislación (que no es un “contrato social” como se presenta a sí misma, sino el producto de la imposición de los intereses de unos sectores de la sociedad sobre otros), hace valer su poder contra todo reclamo de injusticia. Es lo que hacen, por ejemplo, los “indignados” cuando se plantan frente a la policía para evitar un desahucio (aún siendo conscientes de que sólo lo retrasan, pero también de que de este modo cuestionan públicamente la injusta legislación vigente al respecto). O –en estos días- frente al inhumano centro de internación de inmigrantes de Málaga. Por muy poca entidad que –para algunos tanto de izquierda como de derecha- puedan tener estos actos puntuales, quizás son el principio de un nuevo camino para la izquierda (se siga llamando “izquierda” o como sea en el transcurso de ese camino). Nadie puede profetizar hasta dónde o hacia dónde llegará ese camino, desde luego. “Se hace camino al andar”, decía Machado. Por tanto, caminemos, pero con sentido.

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