Ya alertaba en 1957 (más de medio
siglo atrás) el filósofo de la política Norberto Bobbio, que el sistema
electivo de la democracia europea era una ficción. En realidad, señalaba el
pensador italiano, el mecanismo real de formación de las minorías que detentan
el poder institucional (en el caso democrático, los parlamentarios y cargos
electivos), no es un mecanismo de elección sino de cooptación. Se entiende por ello, un sistema que cubre las “vacantes”
dejadas en el seno de una corporación a través del voto de sus propios
integrantes. Los representantes políticos, tal como funcionan en el “sistema
democrático” no actúan en realidad por elección de los ciudadanos, sino que
esos ciudadanos que los partidos “ofrecen” como posibles representantes de los
electores (o sea, la lista de candidatos) no surgen de una elección libre, sino
de la “cooptación” en diferentes ámbitos de la sociedad de personas a las que
las propias direcciones partidarias eligen de acuerdo a sus propios objetivos
(que pueden ser, por ejemplo, ganar las elecciones; para no entrar en
atribuciones prejuiciosas). Las “elecciones democráticas” no hacen más que
confirmar a una serie de “representantes de los ciudadanos” que en realidad han
sido elegidos previamente en el seno del partido.
Todo este mecanismo perverso no
puede ser refutado con teorías voluntaristas que esgriman sus “elecciones
internas” e incluso (a veces, peor), “procesos asamblearios”. Las elecciones
internas en la práctica (aunque en la teoría puedan ser otra cosa) no son más
que la reduplicación previa del sistema anterior, sólo que en la disputa de las
camarillas internas al aparato; y las “asambleas” de que tanto hacen gala
ciertos partidos de izquierda, resultan inevitablemente más manipulables que
cualquier otro procedimiento. Quien haya tenido la experiencia de participar
activamente en la militancia política partidaria, lo sabe mejor que nadie.
La evidencia en estos
procedimientos, demuestra que los “representantes de los ciudadanos” no
representan la voluntad real de los votantes, porque los ciudadanos nos vemos
compelidos a elegir entre una oferta previamente delimitada y condicionada a la
pertenencia a unas entidades cuyos mecanismos de poder interno son independientes
de la voluntad individual del ciudadano-votante. Por tanto, lo cierto es que
todo lo que hacemos en las “elecciones democráticas” es otorgar un “poder” a
alguien para actuar en nuestro nombre en las instituciones que son el ámbito de
toma de decisiones, alguien a quien no sólo no elegimos sino que no tenemos
–por fuera del propio partido- ningún mecanismo para controlar que su acción en
ese ámbito de toma de decisiones responda a los compromisos previamente
establecidos por el programa electoral. No existe, y esto es algo central, un
mecanismo que permita a los votantes impedir el incumplimiento de los programas
electorales, ni siquiera impedir que ese “representante” cometa actos reñidos
con la honestidad (y reñidos, desde luego, con los intereses de sus votantes).
Si no fuera suficiente con el ejemplo flagrante que vivimos, donde el partido
en el poder (concretamente el Partido Popular) está haciendo –y admitiendo que
lo hace- todo lo contrario de lo que propuso en su programa electoral (sea o no
conveniente para los ciudadanos lo que hace, lo cierto es que está incumpliendo
su compromiso por el cual ha pedido y obtenido el voto, lo cual lo deslegitima
democráticamente, diga lo que diga la ley electoral); basta con acudir (sin
distinción de color partidario) a los extraños pactos para gobiernos y mociones
de censura en los que una vez contados los votos de cada uno, los
“representantes” actúan apoyando o dinamitando gobernantes sin pedir a sus votantes la más mínima opinión sobre
aspectos no contemplados en sus enunciaciones previas a las elecciones. Por el
contrario, sí puede ocurrir legalmente (y de hecho, ocurre a menudo), que un
partido decida apartar de sus filas a un cargo electo porque se manifieste
disidente con alguna decisión de la organización (a eso llaman orgullosamente
“disciplina partidaria”). Cuando los
“indignados” apostillan a los “representantes de los ciudadanos” con la frase
“no nos representan”, en realidad están diciendo una verdad incontestable;
porque como hemos visto en estos sencillos ejemplos, no son los ciudadanos
quienes elegimos a nuestros representantes, sino que los elige un aparato
partidario.
Un aparato partidario que
funciona, y volvemos ahora a las reflexiones de mi columna anterior sobre las
asociaciones, también como una mera “entidad intermediaria”, ya que no es más,
finalmente, que un grupo organizado corporativamente, con reglas de acceso y de
promoción propias, (aunque proclame o
realmente tenga propósitos altruistas), que el “sistema democrático
parlamentario” legaliza (y legitima ideológicamente) como representante
ficticio de un determinado sector de
ciudadanos. Y ¿por qué digo “ficticio” y “corporativo”? Precisamente porque
funciona como organismo endogámico, cerrado, en el que no rigen internamente
las normas propias del conjunto de la sociedad, sino las del propio grupo,
tanto en las posibilidades de acceso, como de permanencia y promoción dentro de
la organización. Por tanto, una corporación. Y no es razonable que nuestra
“representación democrática” esté constituida por ciudadanos cuyo
posicionamiento interno en los partidos no sea democrático sino corporativo.
Si partiésemos –entonces- de la
convicción (que desde luego no comparto, y mucho menos bajo esa grosera
generalización) de que “todos los políticos son unos sinvergüenzas”, deberíamos
en todo caso hacer la pregunta al revés: ¿por qué sólo los sinvergüenzas llegan
a adquirir la posibilidad, dentro de los partidos, de convertirse en
representantes de los ciudadanos, o sea en candidatos?
La privatización de la política
Una de las respuestas posibles a
esa inquietante pregunta es que los mecanismos de acceso y sobre todo de
promoción (el camino que se transita desde ser un militante de base a ser
el candidato a presidente de la Nación,
por ejemplo), están diseñados para que sólo asciendan en el escalafón
partidario quienes cumplan unas reglas específicas propias, cuyo objetivo es
–básicamente- preservar los objetivos de la organización. Claro que –dirá cada
partido- los objetivos de la organización son “el bienestar del pueblo”. Sin
embargo, ese enunciado no es más que una abstracción solemne, y ya no se la
creen ni los mismos políticos. La realidad es que los partidos políticos se han
convertido en una compleja organización económica, de cuya estabilidad dependen
miles de puestos de trabajo, además de una extensa red de empresas, asociaciones y entidades (ong’s
incluídas) adscriptas que dependen del lugar que su partido ocupe en la esfera del Estado. El fin objetivo de los
partidos es hoy la ocupación del poder
en el estado-nación y sus instituciones, y en ese sentido se han ido
constituyendo paulatinamente en una organización profesional jerarquizada, con
estrategias centradas en el desarrollo de un marketing electoral en el cual el
mensaje ideológico es una variable más del mercado (por eso, son tan volubles y
fluctuantes en su mensaje y consignas), y una acumulación económica basada en
su relación con los sectores económicos
predominantes (o alternativos, según dónde se ubiquen como oferta en el mercado
electoral) . En suma: los “partidos democráticos” tienden irreversiblemente a
ser (si no lo son ya) unas organizaciones profesionales con fines propios, que
si bien no adquieren las mismas características de una empresa cuyo fin es la
mera rentabilidad, sí funcionan como entidades endogámicas, que se adjudican el
papel de “representantes” de los ciudadanos, cuando en realidad más que
“representantes” son meras “entidades intermediarias” tal como planteábamos de
las asociaciones en la columna anterior. Por lo tanto, del mismo modo como una
empresa tiene el derecho de despedir a un trabajador que no responde a los
intereses de la misma, los partidos tiene mecanismos que “expulsan” a todo
aquel cuya actitud o intenciones no coincidan puntualmente con las de la
corporación. El resultado es una forma perversa de privatización de la
política, que despoja a los ciudadanos de sus “derechos positivos” y los
suplanta en el ejercicio del poder.
Hay quienes opinan que, con la
complejidad de la gobernanza de las sociedades y estados actuales, este es el
modelo más adecuado. Suponiendo que así fuera (lo que desde luego me parece la
negación radical de la democracia), entonces lo mínimo que habría que exigir a
esta corporación de “profesionales de la política”, es que se exigiese para su
ingreso a la misma una capacitación especializada, como mínimo universitaria y
específica, como se le exige esa capacitación a un ingeniero, a un abogado o a cualquier otro
profesional liberal. Si la política ha
de constituirse como una profesión, quienes la ejerzan deberán ser
profesionales, aunque ahora mismo el intrusismo sería la regla. Claro que eso
sería una tecnocracia, y no una democracia.
¿Hay que prescindir de los
partidos políticos? En todo caso, esa sería la peor de las soluciones: el
estado vertical o el partido único, que niegan la posibilidad del disenso y monopolizan
la toma de decisiones. Representa la desaparición de la figura del ciudadano, y
por tanto, de toda esperanza de democracia. No es posible imaginar siquiera una
democracia sin partidos políticos. ¿Entonces?
Aquí es donde empieza el
verdadero debate. ¿Cómo reconstituir el sistema de partidos políticos para
garantizar la construcción de una democracia sustancial? ¿Qué mecanismos deben
establecer las leyes fundamentales de un Estado para posibilitar el ejercicio
real dela ciudadanía política, evitando lo que hemos caracterizado como
actuales “partidos políticos democráticos” (que desde luego, como hemos
demostrado, no lo son)? No es un camino sencillo, y requiere de mucha reflexión
e imaginación. Pero también, al mismo tiempo, de una movilización social que
ponga al sistema entre la espada y la pared, porque es evidente que ninguno de
los partidos que actualmente existen, constituidos en base a los mecanismos
antidemocráticos que señalamos, van a ser quienes por propia voluntad
deslegitimen esos mecanismos por los cuales existen, actúan y medran. Una
movilización activa que conduzca a modificaciones radicales de la Constitución
y de las leyes electorales; pero precedidas (o al menos acompañadas) de un
debate serio y profundo sobre el o los modelos democráticos que puedan
reemplazar al actual. De lo contrario, seguiremos en el péndulo del sistema:
quitar a unos para poner a otros ejerciendo esa imaginaria “alternancia” que
–los mismos conservadores admiten- es la garantía precisamente de que el
sistema no cambie.

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