Terminé mi última columna, en la
que hablaba sobre diversos modelos que se proponen en la actualidad para “rellenar”
la distancia creciente entre la sociedad y las instituciones políticas,
prometiendo una reflexión sobre el papel –considerado por lo general con
ardiente optimismo- de las llamadas “redes sociales”, generadas por la
existencia de las llamadas TIC (tecnologías de la información y la
comunicación). Pendiente todavía ese análisis al que de ninguna manera tengo
intención de renunciar, advertí en lo hasta entonces escrito la aparición de un
tema que propuse un poco a vuelapluma, pero en el que quizás merezca la pena
detenerse con mayor profundidad: la posibilidad de repensar la realidad actual
de los “partidos políticos democráticos” no en su sentido teórico de “representación
de los ciudadanos” considerados como voluntades libres que a través de dichos
partidos participan indirectamente de la toma de decisiones en el ejercicio del
poder, sino como una más –aunque especialmente
significativa- de las llamadas “entidades mediadoras” a las que señalé como un
modo de “participación ciudadana” engañosa que incluso pueden poner en riesgo
la legitimidad democrática.
Es usual remitirse al modelo
ateniense cada vez que se exalta la posibilidad de una democracia directa y –digamos-
pura. Ese modelo, por interesante que sea como punto de partida de la
reflexión, nos sirve de muy poco sin embargo como modelo en sí mismo. En primer
lugar, porque el concepto de ciudadanía que propone es totalmente restrictivo:
fuera de la ciudadanía, o sea de los derechos cívicos que ella significa,
quedaban no sólo los esclavos y los extranjeros, sino las mujeres e incluso los
que fuesen hijos de madre extranjera o esclava. Esto es: ciudadanos de pleno
derecho eran sólo una parte acotada y limitada de la población. Pero por otra
parte, y aún ciñéndonos a ese espacio endogámico, la diferencia fundamental es
que la participación en la toma de decisiones, o sea en el gobierno de la comunidad, o sea en el poder (aunque
enunciados así, todos estos términos sean en realidad anacronismos), no era optativa, y además en una gran
parte de las instituciones que conformaban el gobierno ni siquiera eran objeto de una “elección democrática” tal como
se concibe actualmente. En efecto, todo
los griegos con derecho a la ciudadanía no sólo tenían derecho a participar activamente
de las instituciones de gobierno, sino que tenían la obligación de hacerlo, obligación que –a quien la rechazase- le
costaba la pérdida de la propia ciudadanía. Y en el otro aspecto, recordar que
salvo unas pocas responsabilidades relacionadas en general con la guerra y las
relaciones con otras ciudades-estado, las responsabilidades en el aparato
administrativo (que en esos tiempos estaba fundido con el del poder) se
decidían no por elección, sino por
sorteo. En resumen, que todos los ciudadanos atenienses, en algún momento
de su vida, ocupaban un cargo de responsabilidad pública, rotativo, y tenían
que aceptarlo como parte de sus obligaciones como ciudadano (y al terminar su
mandato, digamos de paso, dar estricta cuenta de su actuación, que en caso de
reprobación podía costarles incluso el destierro).
Desde luego, huelga decir que la
complejidad del Estado moderno nada tiene que ver con las limitadas “ciudades-estado”
(polis) de la Grecia clásica, y que un sistema de ese tipo sería impensable en
esta realidad. Pero sí que importa especificar ese aspecto de participación obligatoria y aleatoria en el poder, para marcar las dos diferencias
fundamentales con el concepto moderno de democracia, en el que: 1) el ciudadano
tiene derecho (al menos teórico) a participar del poder, pero su participación
es voluntaria; y 2) el ciudadano no participa directamente en las
instituciones, sino a través de sus representantes, lo que implica un mecanismo
de elección y selección. Que es el punto clave donde centrar el debate.
(De paso, ya que el Pisuerga pasa
por Valladolid, aprovecharé para una digresión señalativa, que me gustaría
profundizar en algún artículo próximo: mientras que en la antigua democracia ateniense,
lo que hoy llamaríamos “funcionario” era lo mismo que el que llamaríamos “político”,
hoy se han convertido en dos funciones diferenciadas, pero estrechamente ligadas -aunque algunos prefieran no verlo- ya
que está claro que sin los funcionarios, los políticos no pueden ejercer su
función en la sociedad. Como digo, ya hablaremos también de ello).
Pero de momento, volvamos a los
partidos políticos.
¿El problema son los políticos, o los partidos?
Recordando brevemente algunos
conceptos de mi anterior columna, una de
mis críticas a la propuesta de las “entidades intermediarias” -caso de las asociaciones- como vehículo
preferente de la participación ciudadana y correa de transmisión entre la “sociedad
civil” y las instituciones del poder político, era la de que a pesar de su
apariencia horizontalizadora, al conformarse dichas asociaciones alrededor de
aspectos específicos de la sociedad (la vecindad, el género o el ajedrez, etc) y ser
voluntarias, no sólo es imposible medir objetivamente su representatividad real,
sino que limitarían la toma de decisiones a su campo específico (que luego
sería trasladada a las instituciones políticas que deben legalizarlas y ponerlas
en juego), cuando no hay campo específico de la sociedad que no tenga
influencia en el resto de los campos. O sea: limitarían al individuo a
participar de la toma de decisiones en un ámbito específico, alejándolo de
participar de la decisión sobre las
normas de la sociedad en su conjunto. Lo que es, lisa y llanamente, la negación
del concepto de ciudadanía: dejaríamos de ser ciudadanos de un Estado, para ser
vecinos de un barrio, mujeres o jugadores de ajedrez. De ese modo, la trama social desaparecería y se
reduciría a un collage burdo de partes agregadas (lo que, además, no sólo es un
disparate, sino que es fácticamente un absurdo).
Esta falta de garantía democrática
que significa vehiculizar la participación a través de entidades intermediarias,
es la que trata de evitar el sistema democrático representativo –que es el que
rige las democracias actuales-: a través de las elecciones, el ciudadano
participa de manera activa en las instituciones del poder, si bien por una
cuestión de gobernabilidad, lo hace a través de un ciudadano que lo representa (a
él y a un número previamente especificado de electores). Hay democracias (como es
el caso de la mayoría de los países latinoamericanos), en donde incluso el voto
es obligatorio, y no votar puede implicar la pérdida de ciertos derechos
ciudadanos. De lo que se trata, es de conformar un espacio de toma de
decisiones (considerando aquí tanto a gobierno como a oposición) a través de un
parlamento compuesto por ciudadanos que representan a un número proporcional de
otros ciudadanos. Aunque no todos los ciudadanos participan personalmente de la toma de decisiones,
sí lo hacen a través de sus representantes libremente elegidos, quienes a su
vez están obligados a asumir en su nombre unos compromisos previos (el programa
electoral) en la acción de gobierno (o en su caso, de oposición). Hasta allí,
claro, la teoría, porque está rematadamente claro que eso no ocurre en la
realidad. La pregunta, entonces, es por qué no funciona este sistema
aparentemente tan bien pensado. Y es aquí donde se abre el debate sobre los
partidos políticos, su lugar en el sistema, y sus mecanismos de incorporación
de los ciudadanos que serán –no existen otras posibilidades, aún con las
famosas “listas abiertas”- quienes
tengan la función de representarnos. Los políticos están hoy muy
desprestigiados, y con toda razón, pero lo que es preciso comprender de una
vez, es que no se trata de la cuestión personal de que “todos los políticos son
unos sinvergüenzas”, sino en todo caso, por qué no tenemos otra opción que elegir nuestros representantes
entre esos sinvergüenzas, y más todavía: por qué sólo esos sinvergüenzas llegan
a ocupar esos lugares que les dan derecho a ser nuestros representantes.
Hacemos un breve paréntesis para
tomar aire, y continuamos desarrollando esta línea en uno o dos días.

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