martes, 24 de agosto de 2010

Al pie de la letra

En una magnífica película de Woody Allen, un prestigioso cardiólogo sufre el acoso de una amante obsesiva hasta el punto de hacer peligrar su estabilidad matrimonial y –desde luego- su imagen profesional. En una conversación privada con su hermanastro, cariñoso pero severo “padrino” mafioso, le cuenta sus penas manifestando el deseo de que esa mujer “desapareciese para siempre” de su vida. El hermano, regido por la moral de la mafia (la familia es lo primero), no hace otra cosa que ejecutar ese deseo: literalmente, hace “desaparecer” a la amante fastidiosa, esto es: se la carga. El resto de la película, transcurre en el conflicto moral del personaje (que no comparte, claro, la moral de la mafia), y se dice a sí mismo que nunca pretendió que sus palabras fueran tomadas tan al pie de la letra.


En el siglo XII, el rey inglés Enrique II, fastidiado por una más de las reiteradas oposiciones a su política por parte de su ex amigo el obispo Thomas Beckett, emite en voz alta entre un grupo de fieles seguidores la frase “¿Pero no hay nadie que me quite de encima a ese cura?”. Desde luego, dos de ellos no tardan en satisfacer el sentido literal de sus palabras, y asesinan a Beckett en su propia iglesia esa misma tarde. El rey, desde luego, argumenta que sus palabras eran en sentido figurado y condena a muerte a los asesinos.


Los códigos morales de la mafia o de la lealtad medieval, no son desde luego los que rigen las actuales coordenadas del poder –ni el político ni el económico, que es el de verdad- en nuestra moderna y democrática sociedad actual. Pero tampoco lo eran, al menos presuntamente, ni para el cardiólogo de Woody Allen, ni para el rey inglés.


Resulta difícil admitir que estos dos últimos, sin embargo, fueran absolutamente inocentes de mencionar ciertos “deseos” frente a personas cuyos códigos implicaban los resultados ocurridos. La moral del poder (del que participan cada uno en su puesto tanto el rey como el prestigioso y rico cardiólogo) es lo suficientemente hipócrita como para hacer ejecutar sus deseos y necesidades sin mancharse las manos de sangre, ni la conciencia de culpa.


Cuando escucho afirmar lo mucho que ha progresado el mundo “occidental y cristiano”, porque ahora los que mandan no encierran a sus enemigos políticos o a sus críticos en mazmorras, ni los mandan degollar en cuanto se ponen muy pesados; pienso en las mil maneras que tiene a su disposición el poder para hacer “desaparecer” a quienes se enfrentan a ellos: el aislamiento social, la mordaza mediática, la difamación y descalificación realizada a través de la manipulación de la información, la negación y bloqueo de todo tipo de derechos en los ámbitos institucionales, el ahogo económico, y hasta la “oportuna” intervención de la endiosada Justicia cuando les hace falta: abogados caros y jueces amigos son un capital invalorable hoy en día; los ejemplos sobran. Y si todo eso no machaca al que está dispuesto a sacarle los trapitos al sol y las corruptelas a la vista, tampoco se descarta la solución final, como en los presuntos “tiempos superados”: también hay ejemplos, y eso sólo hablando de los que se saben.


Claro que, en todos los casos, con las manos limpias y la conciencia tranquila, porque en esta sociedad tan civilizada y democrática, nunca falta tampoco un hermano mafioso o un seguidor de lealtad perruna, para asumir gustoso el trabajo sucio.

lunes, 16 de agosto de 2010

Democracia interna a la japonesa

Se habla mucho en estos días del conflicto de las primarias del PSOE en Madrid, pero nadie parece enterarse de que en la propia Málaga subyace una cuestión parecida, con la diferencia de que en tierras andaluzas los jefes ordenan y mandan, y al que no le guste que se vaya. Efectivamente, si el propio Zapatero pensó en pasar por encima de la militancia socialista madrileña –que apoya a su secretario general, Tomás Gómez- y poner a su propia candidata –la ministra Trinidad Jiménez-, la resistencia del propio Gómez ha forzado unas primarias que a nadie gustan, pero que nadie puede legalmente suprimir. Lo de Málaga, en cambio, es peor: por su cuenta, Griñán y el secretario provincial, un Miguel Ángel Heredia al que no le envidio las calificaciones con las que seguramente pasará a la historia del socialismo malagueño, decidieron que María Gámez era la candidata idónea para la alcaldía malagueña, y aunque el ex delegado Ignacio Trillo y un grupo de militantes locales exigen que se abra un proceso de primarias, desde el comité provincial y desde Sevilla les han negado todo derecho a la confrontación democrática.

Es que la historia reciente de las primarias en el PSOE es singular: cada vez que se ha abierto un proceso, la militancia les ha dado serios revolcones a los jefes. Basta recordar la sucesión de Felipe González, cuando Almunia era “el caballo del comisario”, pero ganó Borrell (que después dimitió porque, con un llamativo sentido de la oportunidad, salió a la luz la corrupción de dos de sus directos subordinados). Más cercano, el último recambio en la dirección provincial malagueña: cuando a través de la red la llamada Alternativa (que terminó dirigiendo el historiador Fernando Arcas) plantó cara al dedo de Bustinduy, Pendón y los que inventaron una continuidad disimulada con el rostro de Heredia, decían que eran “dos y un ordenador”. Forzados a la interna, los disidentes rondaron el 40%. No podremos saber cuántos socialistas malagueños disienten con el nuevo dedazo que proclamó a la Gámez, porque esta vez han sido más directos: no habrá interna por mucho que patalee quienquiera. No vayan a creer que es muy diferente la mecánica en la mayoría de las agrupaciones locales: estás con el jefe o te quedas afuera. De la “democracia interna” que siempre ensalzaron, han pasado al “centralismo democrático” del que tanto abjuraron. “El que se mueve no sale en la foto”, dijo en aquella frase ya histórica Alfonso Guerra: lo movieron a empujones, y ya no sale en ninguna. El que a hierro mata, a hierro muere. Y si no, que le pregunten a Pendón. (¿Y a Souviron? ¿O es que ese se ha vuelto a aferrar a los faldones del traje del poder interno?).

Quien crea que estoy en campaña antisocialista, se equivoca. Que yo recuerde, en las dos décadas en que sigo la política española, no recuerdo que el PP ni una vez haya dado signos de democracia interna. No sé si recuerdan ustedes cómo se resolvió la en su momento gran expectativa entre los dos posibles sucesores de Aznar: Rajoy y Rato. ¿Elecciones internas? ¿Congreso de delegados con libertad de posicionamiento? No: el nuevo caudillo ya había apuntado el nombre de su sucesor en su “libreta azul”; todo lo que cabía era esperar y hacer apuestas sobre su voluntad suprema. No es un ejemplo para contraponer, precisamente. Claro que tampoco sirve que aprovechando esos mimbres los socialistas se justifiquen enarbolando el “y tú más”. A ver cuándo los políticos dejan de jugar a quién es peor, y tratan de demostrar algo bueno.

Y en fin, tampoco se piense nadie que esto va encaminado a cantarle loas al sistema del que hace jactancia Izquierda Unida, o sea el famoso “asambleísmo”. Un sistema que consiste en revestir de supremo acto de democracia la decisión de un número minúsculo de militantes, siempre alineados con las opciones de poder interno dominantes, por encima de todo posible amago de disidencia (que es rápidamente anatematizado y convertido en enemigo, y de purgas la izquierda comunista sabe mucho) e incluso contra toda evidencia externa. Y a veces ni siquiera, y si no que le pregunten al pobre inocente de José Luis Alcón cuándo se va a reunir la asamblea de IU de Vélez para decidir sobre el ingreso de Sánchez Toré al gobierno tripartito.

Insisto en lo que afirmo en la anterior nota de este blog, y que vengo advirtiendo hace tiempo: los partidos “democráticos” se están convirtiendo aceleradamente en meros “aparatos” de distribución y captación de favores, máquinas donde el sistema japonés de la verticalidad sumisa –bautizada eufemísticamente “disciplina partidaria”- resta cada vez más espacio al debate interno, y por lo tanto consolida políticas y rostros sólo avalados por su propia posición en el poder; en los que los cambios no son producto de la confrontación de ideas y proyectos, sino fruto de conspiraciones internas entre camarillas. De un tiempo a esta parte, no conozco a nadie que esté dispuesto a ingresar a la política activa, partidaria, si no es aceptando esas reglas del juego en beneficio de futuros provechos económicos o personales. La política es hoy una mercancía más, un producto lanzado a la dictadura del mercado, en el que un reducido número de corporaciones compiten para que las grandes mayorías consuman, mientras unos pocos se alzan con los beneficios.

Decía hace poco Carrillo en una entrevista –y yo estoy plenamente de acuerdo con ello-, que si renegamos de la política estamos condenados a la resurrección del autoritarismo y la dictadura. El problema es que esa es la acusación que nos arrojan a la cara, a todos los que intentamos cuestionar no a la política, sino a los métodos de la política profesional que hoy nos quieren hacer confundir con la democracia. Y precisamente es ese cambio el que reclamamos, para que no siga creciendo vertiginosamente en los ciudadanos la repulsa por la política, con las peligrosas consecuencias de que alerta el ex dirigente comunista. El problema es si estos políticos pueden, saben, o siquiera están dispuestos a hacerlo.

jueves, 5 de agosto de 2010

La democracia, en peligro

“El socialismo español, de socialismo tiene ya solo el nombre (y acaso la nostalgia). Como todos los partidos socialistas de Occidente, el español se ha modernizado, renunciando a los viejos paradigmas ideológicos, y ha terminado por conformarse a realidades que antes combatía con encono, la empresa privada, el mercado, la inversión extranjera, y es hoy en día –aunque nunca lo reconocería en estos términos- un baluarte del capitalismo y de la democracia liberal”.

La frase no es de un ultraizquierdista radical, ni de algún “alternativista” integrante de las nuevas formas de contestatarismo. Pertenece (diario “El País”, 23/7/2010) a uno de los más reputados intelectuales de la derecha moderna: Mario Vargas Llosa. Nunca he tenido dudas al respecto, coincido en un cien por cien con la apreciación del escritor peruano. Aún teniendo claro que sí hay discordancias que no son mero “lastre ideológico” en las concepciones de socialistas y populares, por ejemplo en asuntos como el tratamiento de la religión o la sexualidad, lo cierto es que en las grandes cuestiones que hacen al modelo de sistema –económico y social- son muy pocas las diferencias que pueden registrarse. El tema –que Vargas Llosa elude convenientemente- sigue siendo si “el capitalismo y la democracia liberal” son el mejor sistema posible para los seres humanos. Apuntalando fervorosamente el “pensamiento único”, el escritor de marras da por sentado que no existe otra posibilidad, que todo lo que queda fuera de ella es delirio, fantasía o –mucho peor- terrorismo (partidista o de Estado). No que no exista hoy en el mundo un sitio digno de vivir donde el capitalismo liberal no siente sus reales; mucho peor: que no exista ni siquiera una idea ni un modelo posible a construir fuera de ese marco. Cuando Vargas Llosa dice que el PSOE “es un baluarte del capitalismo”, no está haciendo una crítica: es un elogio.

No ocurre nada especialmente diferente, también hay que decirlo, con lo que se supone la izquierda del espectro partidario, por ejemplo Izquierda Unida. La diferencia fundamental es que, como su parcela de poder es ínfima, por no decir inexistente, resulta más fácil esgrimir cada tanto alguna consigna proletaria, cantar la Internacional en los actos de la Memoria Histórica, dar loas al Che Guevara y la Revolución Cubana, sin demasiado riesgo de que tales expresiones se vean contrariadas luego por la gestión real del sistema. Pero basta con que descendamos a espacios más reducidos, municipios por ejemplo, donde IU gobierna o tiene una incidencia importante en los Ayuntamientos: veremos cómo poco tienen que ver la jolgoriosa radicalidad de sus actos juveniles, con sus gestiones municipales (de la que casi nunca participan esos jóvenes, sino los dirigentes más fogueaditos), que se caracterizan –matiz más matiz menos- por el mismo tipo de actuaciones que haría un socialista, o hasta quizás un popular. Sí habría que reconocerle en este sentido un mérito a Izquierda Unida: todavía su método de captación de jóvenes sigue acudiendo a la ilusión por el cambio social y hasta a la utopía; el de socialistas y populares, pasa directamente por la incorporación al mundo de los compromisos personales, los enchufes, los favoritismos y la maquinaria del poder. Y si alguien lo desmiente, que demuestre lo contrario con ejemplos, y no con discursos.

Pero el desencanto de quienes saltan en las manifestaciones o en los conciertos de rock contestatario, cuando al fin advierten que para sus dirigentes la revolución no es más que folklore, es altamente desmovilizador: te cava el corazón y te quita las ilusiones. En el otro bando, quien entró a la política decidido a que sea una carrera progresiva hacia el poder o las ventajas, puede esperar su turno sin demasiada ansiedad. En todo caso, cuando un joven prolonga su participación en la política activa hasta llegar a espacios decisivos dentro de su partido, seguro que se ha vuelto un burócrata cuyo principal objetivo es ejecutar y ejercer la “disciplina partidaria”. Para qué ponerle nombres y apellidos a todo esto: faltarían páginas. Quiero creer, a pesar de ello, que excepciones también habrá en unas y otras trincheras; pero me limito por el momento a querer creerlo.

Gobernar no es decir consignas ni programas electorales. Ni unas ni otros se cumplen nunca, y los ciudadanos de a pie lo sabemos antes de ir a votar: sólo nos sirven, en todo caso, como una serie de propósitos orientativos de por dónde tirará el que gane. A la hora de la verdad, los políticos que llegan al poder institucional tienen que enfrentarse a las condiciones de los que verdaderamente mandan, y esos verdaderos factores de poder les hacen agachar la cerviz más de una vez –por no decir casi siempre-: y si no, que se lo pregunten a Zapatero (o, incluso, a Obama). No es realista ni sincero pedirles a los gobernantes (no hablo ya aquí de color partidario) cosas que no están realmente en sus manos. Pero sí tenemos el derecho –creo- de exigirles que prueben otras alternativas, que intenten desarmar –y no reforzar siempre- el poder de esos que mandan de verdad: los famosos “mercados”, por ejemplo, que tal como se los nombra parece que fuésemos nosotros, los consumidores, los que determinamos un movimiento económico que está realmente manipulado (y manipulados nosotros también), por las grandes finanzas y las multinacionales de la producción y de la información. Quizás el gobierno de los políticos no pueda hacer mucho más que eso, pero por poco que sea, tenemos que exigirle que lo haga. De lo contrario, ¿para qué queremos que unos políticos nos gobiernen? Que gobiernen directamente los Berlusconi, o el cuñado de Aznar.

Hacia allí iremos, sin duda, si nuestros políticos siguen promoviendo la creencia de que no hay otras alternativas al sistema, de que las cosas son como son y son inamovibles, de que no hay ningún futuro para la desaparición de las desigualdades, para la justicia para todos y para la libertad de todos. No parece importar a nuestros políticos que cada vez se vote menos, y que la participación en la política activa, partidaria, se esté reduciendo a unos pocos que la visualizan como una fuente de privilegios. Mientras menos para el reparto, mejor. Total, con crisis o sin ella, una gran mayoría de españoles, de europeos del oeste, siguen viviendo en el paraíso del consumo. Olvidan que alrededor hay un mundo ancho y ajeno. Y al borde de la miseria, de la explosión. Para eso –creen- basta con unas alambradas y unas leyes de inmigración rigurosas. ¿Y cuando aquí tampoco nadie crea ya en esta “democracia”?

martes, 3 de agosto de 2010

Pobres los que no están al día

Hace algunos días leí en un periódico digital una nota del plástico nerjeño Rogelio López Cuenca, en la que criticaba la manía de quienes llevan la prensa del Centro de Arte Contemporáneo de Málaga, de calificar a todas sus muestras con la muletilla del “por primera vez…” (como si la primicia, y no el contenido, fuese lo importante: desde luego, es una constante del marketing de los espectáculos). Esta obsesión por hacer las cosas –presuntamente-antes que los demás, es ya una presencia habitual en el periodismo, que se desespera por lograr que sus noticias sean “una primicia” (así sean las groserías de Belén Esteban). Un periodista que conozco, jefe de prensa de un ayuntamiento axárquico, parece no poder redactar un comunicado de prensa sin incluir la palabra “pionero” para calificar lo que sea que haya hecho ese día el consistorio que le paga. Resulta que se puede ser “pionero” ya hasta porque te toque ser el primero en la lista de una exposición itinerante de fotos, por ejemplo.

Atravesamos una etapa de la humanidad (bueno, hablar de “humanidad” cuando nos referimos a las costumbres de los habitantes de países más o menos ricos, o al menos a los habitantes más o menos ricos de los países, es un despropósito; pero los demás –ya se sabe- sólo existen en la estadística) en que la novedad se ha convertido en el principal valor de cambio. Millones de ciudadanos presuntamente de inteligencia y cultura media, compran a diario prensa deportiva para enterarse de qué pasó en el entrenamiento de su equipo favorito. Como si eso pudiera cambiar algo. Otros tantos millones ven la telebasura de la tarde para enterarse de cuáles son las últimas alternativas de la carrera de insultos que se prodigan “famosos” que lo son sólo por insultarse entre ellos en televisión. Como si tuviera algo que ver con sus propias vidas. Más millones están pendientes de los telediarios, para no tardar un día más en enterarse de cuántos muertos ha habido en el terremoto de Pakistán, o de las últimas revelaciones del caso Gurtel. El que no “está al día” no existe, para nuestras mentes contemporáneas y occidentales. Y te lo dicen a la cara, todo el tiempo, si descubren que no te has enterado de cuáles son los últimos estrenos de la cartelera cinematográfica (aunque en tu pueblo no haya cine).

El ansia de novedad es una ley, porque vivimos bajo el imperio de la fugacidad. No importa, realmente, lo que ocurre en el entrenamiento del Madrid o bajo los escombros de Pakistán, lo que importa es el hecho mismo de estar enterado, de poder hablar de ello si el escenario lo requiere (el fútbol, sobre todo, como nuevo dios omnipotente de la barra de los bares: antes era el tiempo), de poder manifestar nuestra superioridad y modernidad ante quien ignora las enormes posibilidades de la nueva generación de teléfonos móviles. No hace falta siquiera entender por qué ocurren las cosas de que nos enteramos, no es problema nuestro. Ir hacia atrás, buscar las explicaciones de un hecho, conocer sus antecedentes para poder interpretarlo, todo eso resulta un esfuerzo demasiado complicado, y que quizás nos consuma un tiempo valioso que nos impida enterarnos de otros hechos nuevos. Hay que consumir rápidamente la vida, y la vida actual es un gran espectáculo en el cual casi nunca –ni siquiera- somos actores. Y luego nos quejamos amargamente de que los más jóvenes rechacen todo lo que les implique un mínimo esfuerzo (estudiar, por ejemplo, el ejemplo más flagrante).

Pero no nos engañemos, esa desesperación por la novedad, por enterarnos antes que otros de lo que no tiene ninguna importancia, por cambiar el coche, por renovar los muebles de la casa o el móvil, no es “una idiosincrasia de la vida moderna”, así en abstracto, como seguramente diría con soltura algún tertuliano de radio local imitando lo que ha escuchado en la Ser o en la COPE. Lo que está detrás del ansia de novedad, de lo nuevo y lo de último momento como eje de la vida y de la desesperación por ser el primero (sobre todo en las banalidades), es un ajustado y nada abstracto mecanismo económico que produce lo que consumimos (los coches, los muebles y los medios de comunicación, para seguir con los ejemplos, pero en realidad, todo lo que va componiendo nuestra vida: todo, hasta el ocio, hasta las relaciones personales, hasta nuestra propia conciencia). Vivimos en la fugacidad, porque es necesario para el mecanismo de producción capitalista que agotemos rápidamente las cosas para que nos veamos necesitadas de comprar otras: no se puede parar la producción ni el crecimiento de la economía, porque todo se derrumba, al menos en el “modo de vida” que consideramos el nuestro. Hoy se compran, consumen rápidamente, van a la basura y se reemplazan por otros, los televisores, los móviles y los coches; pero también las noticias, las creencias y hasta la filosofía.

Y pobre del que no esté al día…