La frase no es de un ultraizquierdista radical, ni de algún “alternativista” integrante de las nuevas formas de contestatarismo. Pertenece (diario “El País”, 23/7/2010) a uno de los más reputados intelectuales de la derecha moderna: Mario Vargas Llosa. Nunca he tenido dudas al respecto, coincido en un cien por cien con la apreciación del escritor peruano. Aún teniendo claro que sí hay discordancias que no son mero “lastre ideológico” en las concepciones de socialistas y populares, por ejemplo en asuntos como el tratamiento de la religión o la sexualidad, lo cierto es que en las grandes cuestiones que hacen al modelo de sistema –económico y social- son muy pocas las diferencias que pueden registrarse. El tema –que Vargas Llosa elude convenientemente- sigue siendo si “el capitalismo y la democracia liberal” son el mejor sistema posible para los seres humanos. Apuntalando fervorosamente el “pensamiento único”, el escritor de marras da por sentado que no existe otra posibilidad, que todo lo que queda fuera de ella es delirio, fantasía o –mucho peor- terrorismo (partidista o de Estado). No que no exista hoy en el mundo un sitio digno de vivir donde el capitalismo liberal no siente sus reales; mucho peor: que no exista ni siquiera una idea ni un modelo posible a construir fuera de ese marco. Cuando Vargas Llosa dice que el PSOE “es un baluarte del capitalismo”, no está haciendo una crítica: es un elogio.
No ocurre nada especialmente diferente, también hay que decirlo, con lo que se supone la izquierda del espectro partidario, por ejemplo Izquierda Unida. La diferencia fundamental es que, como su parcela de poder es ínfima, por no decir inexistente, resulta más fácil esgrimir cada tanto alguna consigna proletaria, cantar la Internacional en los actos de la Memoria Histórica, dar loas al Che Guevara y la Revolución Cubana, sin demasiado riesgo de que tales expresiones se vean contrariadas luego por la gestión real del sistema. Pero basta con que descendamos a espacios más reducidos, municipios por ejemplo, donde IU gobierna o tiene una incidencia importante en los Ayuntamientos: veremos cómo poco tienen que ver la jolgoriosa radicalidad de sus actos juveniles, con sus gestiones municipales (de la que casi nunca participan esos jóvenes, sino los dirigentes más fogueaditos), que se caracterizan –matiz más matiz menos- por el mismo tipo de actuaciones que haría un socialista, o hasta quizás un popular. Sí habría que reconocerle en este sentido un mérito a Izquierda Unida: todavía su método de captación de jóvenes sigue acudiendo a la ilusión por el cambio social y hasta a la utopía; el de socialistas y populares, pasa directamente por la incorporación al mundo de los compromisos personales, los enchufes, los favoritismos y la maquinaria del poder. Y si alguien lo desmiente, que demuestre lo contrario con ejemplos, y no con discursos.
Pero el desencanto de quienes saltan en las manifestaciones o en los conciertos de rock contestatario, cuando al fin advierten que para sus dirigentes la revolución no es más que folklore, es altamente desmovilizador: te cava el corazón y te quita las ilusiones. En el otro bando, quien entró a la política decidido a que sea una carrera progresiva hacia el poder o las ventajas, puede esperar su turno sin demasiada ansiedad. En todo caso, cuando un joven prolonga su participación en la política activa hasta llegar a espacios decisivos dentro de su partido, seguro que se ha vuelto un burócrata cuyo principal objetivo es ejecutar y ejercer la “disciplina partidaria”. Para qué ponerle nombres y apellidos a todo esto: faltarían páginas. Quiero creer, a pesar de ello, que excepciones también habrá en unas y otras trincheras; pero me limito por el momento a querer creerlo.
Gobernar no es decir consignas ni programas electorales. Ni unas ni otros se cumplen nunca, y los ciudadanos de a pie lo sabemos antes de ir a votar: sólo nos sirven, en todo caso, como una serie de propósitos orientativos de por dónde tirará el que gane. A la hora de la verdad, los políticos que llegan al poder institucional tienen que enfrentarse a las condiciones de los que verdaderamente mandan, y esos verdaderos factores de poder les hacen agachar la cerviz más de una vez –por no decir casi siempre-: y si no, que se lo pregunten a Zapatero (o, incluso, a Obama). No es realista ni sincero pedirles a los gobernantes (no hablo ya aquí de color partidario) cosas que no están realmente en sus manos. Pero sí tenemos el derecho –creo- de exigirles que prueben otras alternativas, que intenten desarmar –y no reforzar siempre- el poder de esos que mandan de verdad: los famosos “mercados”, por ejemplo, que tal como se los nombra parece que fuésemos nosotros, los consumidores, los que determinamos un movimiento económico que está realmente manipulado (y manipulados nosotros también), por las grandes finanzas y las multinacionales de la producción y de la información. Quizás el gobierno de los políticos no pueda hacer mucho más que eso, pero por poco que sea, tenemos que exigirle que lo haga. De lo contrario, ¿para qué queremos que unos políticos nos gobiernen? Que gobiernen directamente los Berlusconi, o el cuñado de Aznar.
Hacia allí iremos, sin duda, si nuestros políticos siguen promoviendo la creencia de que no hay otras alternativas al sistema, de que las cosas son como son y son inamovibles, de que no hay ningún futuro para la desaparición de las desigualdades, para la justicia para todos y para la libertad de todos. No parece importar a nuestros políticos que cada vez se vote menos, y que la participación en la política activa, partidaria, se esté reduciendo a unos pocos que la visualizan como una fuente de privilegios. Mientras menos para el reparto, mejor. Total, con crisis o sin ella, una gran mayoría de españoles, de europeos del oeste, siguen viviendo en el paraíso del consumo. Olvidan que alrededor hay un mundo ancho y ajeno. Y al borde de la miseria, de la explosión. Para eso –creen- basta con unas alambradas y unas leyes de inmigración rigurosas. ¿Y cuando aquí tampoco nadie crea ya en esta “democracia”?

Tal y como están las cosas, y bien que las describes, no creo ni en la democracia ni en la mitad de lo que veo. Y lo que más me preocupa es que no sé qué camino tomar. Seguro que seguiré el de Machado. Un beso.
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