martes, 24 de julio de 2012

¿Más política o más policía?

Hace algunos meses, cuando en Vélez hubo una seguidilla de actos de vandalismo contra símbolos y sedes del PP y el PSOE, decía yo estar convencido de que ningún militante de los partidos involucrados –por exaltado que fuese- habría sido capaz de tener esa actitud. Cada partido hizo su canto a la paz y aprovechó para endosarle al otro las sospechas, como hacen siempre que tiene oportunidad de tirarse trastos a la cabeza, pero eso no prueba –ni mucho menos- que hayan sido autores de tales acciones. Me preguntaba yo si, en cambio, no habría algún sector desconocido de la población (de los jóvenes, más probablemente), que hubiese comenzado a canalizar su descontento con la realidad, no a través de las vías de la política, sino a través de una reacción más salvaje, apuntada simbólicamente hacia quienes presuntamente debieran representarlos: los partidos llamados democráticos. Sugería en aquella no tan lejana nota, que en lugar de aprovechar para acusarse entre ellos, los políticos hubieran debido alertar sobre esta posible realidad.
En estos días de campaña electoral, ha circulado por internet un vídeo –producido evidentemente en Málaga – que reactualiza aquel llamado de alerta. En él, varios jóvenes se organizan para realizar pintadas nocturnas sobre los carteles electorales de los principales partidos, mientras van pasando por la pantalla titulares que demuestran la connivencia del poder económico con el político, y el “blindaje” que los partidos mayoritarios acuerdan permanentemente para dejar sin expresión a las voces disidentes del sistema (el corte de una entrevista a José Bono con que termina el vídeo es altamente demostrativo). El mensaje predominante sobre los partidos se simboliza con la expresión inglesa “Game Over”, que en los videojuegos significa, como es su traducción, que el juego ha terminado.
Sea el “vandalismo” veleño o el del propio vídeo que comento, las acciones no pasan de unos botes de pintura sobre la cara de un candidato, o de una pintada agresiva en la fachada de una sede. Pero este tipo de incidentes, comienza a hacer muy evidente que una parte cada vez más significativa de la población (y en especial, como decía, los jóvenes que son siempre quienes resultan más propensos a la impaciencia), ya no confía en el sistema democrático partidario, al que asimila a meros sirvientes del gran poder financiero internacional (¿y acaso no es cierto?). ¿Comienza acaso a surgir en ese ámbito, la sensación de que hay que dar las espaldas definitivamente a la política parlamentaria –al menos tal como está concebida en las democracias europeas- y adoptar otro tipo de actitudes más beligerantes con el sistema? ¿Es posible que vayamos pasando del bote de pintura y el aerosol, paulatinamente, a la revuelta callejera o a las “vanguardias activas”? El fenómeno no sería nuevo, y hablo solamente del reducido marco de la democracia europea: basta recordar grupos como las Brigadas Rojas en Italia o la banda Bader-Meinhoff en Alemania, en los años 70. Menciono estos, porque se desarrollaron en países con democracias consolidadas (en contraposición a ETA o los Grapo, de los que puede decirse que surgieron para luchar contra una dictadura).
Hay quienes ya tienen la respuesta preparada: hay que localizar a los “vándalos” y reprimirlos (con la ley y la corrección política en la mano, por supuesto, no exageremos), antes de que la cosa vaya a más. Son los que ya proclaman (y muy pronto desde el poder, eso es lo más temible) que “los indignados están fuera de la democracia”. Los mismos que, cínicamente, aplauden las revueltas callejeras contra “dictadores” elegidos por su pueblo (como en Venezuela o Irán, me gusten o no los personajes en cuestión), pero exigen actuar con rigor a la policía cuando el 15-M se concentra en Sol. Para ellos, la policía es la continuación de la política por otros medios . Y esa –evidentemente- no es la solución, sino justamente el problema.
El “sistema democrático”, al que de ello le queda poco más que el nombre y un mecanismo formal de elección (que no de representación), tiene frente a sí una demanda que debe afrontar sin más demoras: abrirse a nuevas formas de la política que permitan la participación real y democrática de los ciudadanos en la toma de decisiones. Si crece el sentimiento de que los partidos continúan blindando su sistema para resguardar los privilegios de las élites en que se han convertido, cómplices en una red de intereses que comparten con el gran capital y los medios de comunicación, el futuro de la sociedad europea (y española, claro) puede plantearse muy negro, y sobre todo, muy peligroso para la convivencia. Si hay quienes no vislumbran otros caminos que el de la violencia, para que puedan hacer sentir su voz los desplazados y ninguneados por el sistema, las próximas décadas pueden asistir a una espiral que nadie sabe dónde puede acabar. Las manifestaciones festivas, con tamboriles y carteles ingeniosos, durarán sólo hasta que los manifestantes lleguen a la conclusión de que nadie los escucha. ¿Qué vendrá luego?
La respuesta, no me cabe ninguna duda, es MÁS POLÍTICA. Lo temible sería que quienes tienen que abrir el juego y dar paso al desarrollo de una verdadera democracia, se blinden todavía más, y opten en cambio por el peor de los caminos: MÁS POLICÍA.

No hay comentarios:

Publicar un comentario