Hace algunos meses, cuando en Vélez hubo una seguidilla de actos de
vandalismo contra símbolos y sedes del PP y el PSOE, decía yo estar
convencido de que ningún militante de los partidos involucrados –por
exaltado que fuese- habría sido capaz de tener esa actitud. Cada
partido hizo su canto a la paz y aprovechó para endosarle al otro las
sospechas, como hacen siempre que tiene oportunidad de tirarse trastos a
la cabeza, pero eso no prueba –ni mucho menos- que hayan sido autores
de tales acciones. Me preguntaba yo si, en cambio, no habría algún
sector desconocido de la población (de los jóvenes, más probablemente),
que hubiese comenzado a canalizar su descontento con la realidad, no a
través de las vías de la política, sino a través de una reacción más
salvaje, apuntada simbólicamente hacia quienes presuntamente debieran
representarlos: los partidos llamados democráticos. Sugería en aquella
no tan lejana nota, que en lugar de aprovechar para acusarse entre
ellos, los políticos hubieran debido alertar sobre esta posible
realidad.
En estos días de campaña electoral, ha circulado por internet un vídeo
–producido evidentemente en Málaga – que reactualiza aquel llamado de
alerta. En él, varios jóvenes se organizan para realizar pintadas
nocturnas sobre los carteles electorales de los principales partidos,
mientras van pasando por la pantalla titulares que demuestran la
connivencia del poder económico con el político, y el “blindaje” que los
partidos mayoritarios acuerdan permanentemente para dejar sin expresión
a las voces disidentes del sistema (el corte de una entrevista a José
Bono con que termina el vídeo es altamente demostrativo). El mensaje
predominante sobre los partidos se simboliza con la expresión inglesa
“Game Over”, que en los videojuegos significa, como es su traducción,
que el juego ha terminado.
Sea el “vandalismo” veleño o el del propio vídeo que comento, las
acciones no pasan de unos botes de pintura sobre la cara de un
candidato, o de una pintada agresiva en la fachada de una sede. Pero
este tipo de incidentes, comienza a hacer muy evidente que una parte
cada vez más significativa de la población (y en especial, como decía,
los jóvenes que son siempre quienes resultan más propensos a la
impaciencia), ya no confía en el sistema democrático partidario, al que
asimila a meros sirvientes del gran poder financiero internacional (¿y
acaso no es cierto?). ¿Comienza acaso a surgir en ese ámbito, la
sensación de que hay que dar las espaldas definitivamente a la política
parlamentaria –al menos tal como está concebida en las democracias
europeas- y adoptar otro tipo de actitudes más beligerantes con el
sistema? ¿Es posible que vayamos pasando del bote de pintura y el
aerosol, paulatinamente, a la revuelta callejera o a las “vanguardias
activas”? El fenómeno no sería nuevo, y hablo solamente del reducido
marco de la democracia europea: basta recordar grupos como las Brigadas
Rojas en Italia o la banda Bader-Meinhoff en Alemania, en los años 70.
Menciono estos, porque se desarrollaron en países con democracias
consolidadas (en contraposición a ETA o los Grapo, de los que puede
decirse que surgieron para luchar contra una dictadura).
Hay quienes ya tienen la respuesta preparada: hay que localizar a los
“vándalos” y reprimirlos (con la ley y la corrección política en la
mano, por supuesto, no exageremos), antes de que la cosa vaya a más. Son
los que ya proclaman (y muy pronto desde el poder, eso es lo más
temible) que “los indignados están fuera de la democracia”. Los mismos
que, cínicamente, aplauden las revueltas callejeras contra “dictadores”
elegidos por su pueblo (como en Venezuela o Irán, me gusten o no los
personajes en cuestión), pero exigen actuar con rigor a la policía
cuando el 15-M se concentra en Sol. Para ellos, la policía es la
continuación de la política por otros medios . Y esa –evidentemente- no
es la solución, sino justamente el problema.
El “sistema democrático”, al que de ello le queda poco más que el nombre
y un mecanismo formal de elección (que no de representación), tiene
frente a sí una demanda que debe afrontar sin más demoras: abrirse a
nuevas formas de la política que permitan la participación real y
democrática de los ciudadanos en la toma de decisiones. Si crece el
sentimiento de que los partidos continúan blindando su sistema para
resguardar los privilegios de las élites en que se han convertido,
cómplices en una red de intereses que comparten con el gran capital y
los medios de comunicación, el futuro de la sociedad europea (y
española, claro) puede plantearse muy negro, y sobre todo, muy peligroso
para la convivencia. Si hay quienes no vislumbran otros caminos que el
de la violencia, para que puedan hacer sentir su voz los desplazados y
ninguneados por el sistema, las próximas décadas pueden asistir a una
espiral que nadie sabe dónde puede acabar. Las manifestaciones
festivas, con tamboriles y carteles ingeniosos, durarán sólo hasta que
los manifestantes lleguen a la conclusión de que nadie los escucha. ¿Qué
vendrá luego?
La respuesta, no me cabe ninguna duda, es MÁS POLÍTICA. Lo temible
sería que quienes tienen que abrir el juego y dar paso al desarrollo de
una verdadera democracia, se blinden todavía más, y opten en cambio por
el peor de los caminos: MÁS POLICÍA.

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