martes, 24 de julio de 2012

Propiedad privada y leyes de la economía: dos grandes mentiras que fundamentan el discurso del neoliberalismo hegemónico en el mundo

En la sociedad, el discurso de la supuesta “verdad” se construye en base a una serie de mensajes en los que cumplen su papel formativo instancias tales como la familia, las tradiciones, la escuela, las instituciones religiosas y políticas, y –en el mundo actual- esencialmente los medios de comunicación de masas. El conjunto de todos esos mensajes educan y condicionan el llamado “sentido común” de las personas, un “sentido común” que aparece como el “buen sentido”, lo racional y natural (en suma: el criterio de realidad); mientras que no es otra cosa, como ya lo denunció categóricamente Gramsci en la primera mitad del siglo pasado, que la legitimación arbitraria de la manifestación social del poder vigente, lo que él llamó la “ideología hegemónica”. Si esto era un supuesto teórico que podía constatarse fácilmente dentro de las particularidades de cada sociedad estatal, la trasnacionalización creciente de la economía y por tanto de la sociedad han convertido este “sentido común” en la “verdad” indiscutible que domina las mentes de las mayorías (sin distinción de clases sociales), en eso que se ha dado en llamar el “pensamiento único”.
Hasta hace no mucho, lobotomizada la sociedad española tras el largo franquismo, el discurso oficial acerca de la “naturalidad” de una institución como la Monarquía era prácticamente incuestionable, formaba parte del “sentido común” de los españoles. Sin embargo, esta pretensión de “institución natural” hubiera sido tomada como un chiste por un ciudadano francés o argentino, pongamos por caso, para quienes la monarquía no es más que una institución retrógrada y absurda que en el primer caso fue abolida hace dos siglos y medio, y en el otro no existió nunca. Como España no es una isla, en unas pocas décadas el concepto español sobre la monarquía ha cambiado, defenderla ha dejado de ser parte del “sentido común”, y de hecho, ya son más los que opinan que su futuro próximo es desaparecer.
Sin embargo, otras “verdades” del “sentido común” –que le interesan mucho más a la elite capitalista que la monarquía- siguen siendo aceptadas de manera natural en casi todas partes (diría que después del fracaso del comunismo soviético, en la inmensa mayoría de las mentes, incluidas las de los progresistas).
Una de ellas es la propiedad privada. Es un paso adelante –y los avances en ese sentido que han conseguido las luchas de la humanidad, sobre todo en occidente, lo va convirtiendo en leyes- que se considere que los seres humanos, tomados como iguales en cuanto a sus básicas necesidades vitales, posean algunos derechos a los que pueda calificarse de “naturales”. Las sucesivas listas de “derechos humanos” que se han ido solidificando en la modernidad son el resultado de ese proceso (aunque su cumplimiento después deje mucho que desear). Un hombre –sea cual fuere su condición social, económica, e incluso mental- tiene necesidad “natural” de un hábitat en donde vivir. La ley recoge cada día más ese derecho, y nadie lo discutiría. Por ejemplo, la Constitución española garantiza explícitamente el derecho a la vivienda digna (aunque después nadie ha puesto en práctica ese derecho constitucional). Pero no dice que esa vivienda tenga que ser “propia”. No aclara ni especifica si debe ser de su propiedad, de alquiler o comunitaria. Que en la cultura española contemporánea exista una especie de dogma de que el lugar donde vivir tiene que ser en propiedad, no significa que eso sea un derecho natural: en el resto de países europeos, sin ir demasiado lejos, vivir en alquiler es lo más normal del mundo. El derecho a vivir en un hábitat digno es un derecho propio de la naturaleza del ser humano. Pero la necesidad de que ese hábitat sea de propiedad privada, no es más que un principio cultural.
El ejemplo es demostrativo de la distorsión que se crea alrededor del uso ilegítimo del “sentido común”. Porque ¿cuándo y con qué argumentos alguien ha demostrado alguna vez que la propiedad privada es un derecho “natural” del ser humano? En realidad, el desarrollo de las estructuras de poder en la historia, que son un hecho cultural, ha generado un discurso donde la propiedad privada es el derecho fundamental, e incluso ha fijado como una de las obligaciones del Estado –tal vez la principal- garantizar la defensa de la propiedad privada ante cualquier otra consideración, incluso de orden comunitario. Eso ha ocurrido, como cualquiera sabe, porque los propietarios de la tierra –en un principio, y ahora los propietarios de la producción y las finanzas- han sido siempre los detentadores del poder y los que hicieron y hacen las leyes. Pero más que las leyes, que siempre se modifican, han asentado esa mitología en el discurso de la verdad, es decir, el del “sentido común”. El grueso de la ideología liberal –tanto en el “liberalismo social”, más keynesiano, como en el clásico reinstaurado por el neoliberalismo- parte de ese principio para construir cualquiera de sus diversas teorías políticas y económicas. Se parte de un principio falso, es decir un mero dogma no demostrado pero introducido durante siglos como verdadero, para justificar un determinado accionar sobre el conjunto de la sociedad. Y como es parte de la ideología hegemónica, repetido hasta el cansancio en la educación, las instituciones, y la prensa masiva, la mayoría de la humanidad no lo cuestiona. Una cosa es que el ser humano tenga derecho a la propiedad privada: otra es que sea un derecho natural y constituya el fundamento de la sociedad. Todos tenemos derecho a tener, si nos alcanza el dinero para ello, un barco de cincuenta metros de eslora para pasar las vacaciones navegando por los mares; pero a nadie se le ocurriría convertir ese derecho en un principio natural de la humanidad.
Sobre la base de la creencia ideológica de que el principio constitutivo de la sociedad humana es la propiedad privada, el poder capitalista (admitamos que también en cierto sentido el propio marxismo ha contribuido a esta siguiente falacia), ha impuesto como criterio de verdad en el conjunto de la sociedad otra gran, enorme mentira: la de la presunta ciencia económica. Desde luego, nadie puede negar que en la economía –como en cualquier otra componente de la actividad cultural humana- existan comportamientos capaces de ser analizados, cuantificados o racionalizados, y que la aplicación de esos análisis sirva para anticipar posibilidades futuras, enderezar (o torcer) tendencias, realizar actuaciones prácticas que tengan influencia sobre los procesos de acumulación o la gestión de los negocios (tanto a nivel privado como público). Pero, al igual que en el caso de la Historia, se escamotea el hecho de que todos estos aspectos “científicos” están sometidos (cuando no son incluso originados por) a las decisiones de los seres humanos concretos y a las necesidades de su s coyunturas sociales. Ejemplificando: a nadie se le ocurriría que una ley promulgada por el Parlamento pudiese hacer que la Tierra ya no sea atraída por la gravedad del sol; pero las “leyes” de la economía no son el resultado de unos procesos naturales, sino que se originan y se desarrollan como consecuencia de unas determinadas condiciones de organización de la sociedad (históricas y presentes), y que , en definitiva, pueden ser variadas y modificadas por la sociedad (a través de la implementación de la política). Las presuntas “leyes” económicas son producto de la organización social y política que se fue dando el hombre a través de la historia, y siguen dependiendo por tanto de la configuración de esas tramas societarias y de poder. La concepción –que el discurso capitalista ha convertido también en una creencia dogmática para la mayoría de los mortales- de que la economía sigue unas leyes inviolables e inmodificables, no es una ciencia: es una ideología. En efecto, es el intento –casi logrado ya- de que sea una cuestión de “sentido común” pensar que los mercados tienen leyes propias a las cuales no hay voluntad humana que pueda torcer su curso “natural”. El funcionamiento de la economía, en cambio, es el resultado de la puesta en marcha de determinadas condiciones a través del ejercicio del poder; y pueden ser modificadas en la medida que un poder diferente establezca otras prioridades u otro modelo de organización social. Por eso, la economía neoliberal no es una ciencia sino una mera ideología, y sus “leyes” sólo pueden ser cambiadas mediante el ejercicio de la política. La política, por tanto, debe estar por encima de la economía; la economía no es ni debe ser más que una forma de organización que responda a las necesidades del tejido social, un mecanismo que sirva a la construcción de una sociedad democrática.
He dicho la política, que no es lo mismo que decir los políticos ni los sistemas políticos vigentes. Los sistemas políticos actuales (hablo específicamente de occidente, aunque no veo propuestas superadoras claras en otros estados del mundo) no son más que instrumentos de poder estatal funcionales a los intereses del verdadero poder, que es el de las entidades privadas que dominan y manejan el mundo de las finanzas y –en menor medida- el de la producción. Esas entidades, con intereses concretos e incluso el monopolio actual de la fuerza militar (a través de gobiernos cómplices como el de los Estados Unidos, sea republicano o sea demócrata), y no “las leyes del mercado” son quienes hacen que la economía funcione como funciona, al servicio de quienes sirve, y en desmedro de la inmensa mayoría de la humanidad. Y también aquí, en España y en Europa. Luchar por la construcción de una economía al servicio de una sociedad democrática, empieza por tanto, en lo ideológico, en concienciar a los ciudadanos de la gran mentira que subiste tras el mensaje neoliberal de las “leyes del mercado”; y en lo político, en construir (allí viene el problema) un sistema político democrático que –sin dudas ya- implica la demolición (que no quiere decir necesariamente uso de la violencia) de la falsa democracia en la que vivimos.

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