martes, 24 de julio de 2012

Repetir consignas en lugar de pensar

Ahora que todos los viernes –día en que se reúne el sacrosanto “consejo de ministros”- vamos preparando el cuerpo para conocer en qué aspectos de nuestras vidas tendremos que soportar nuevos “recortes”, la incómoda palabreja ha comenzado a incorporarse al lenguaje diario, como otros términos hasta hace poco inexistentes pero ahora invasores de nuestra cotidianeidad, como la “prima de riesgo” y otros etcéteras. Recortes sí o no, es el tema de defensores y detractores. No hay, desde luego, posibilidad de analizar el tema con un poco de raciocinio.
En la calle misma (ni qué hablar de los frecuentemente infumables comentarios que habitan las “redes sociales”), asistimos a la comprobación de que la sociedad española (y quizás, conjeturo con pesimismo, todas las sociedades modernas) no piensa más que a través del discurso monopólico de los medios de comunicación; con el agravante de que lo hace adoptando como propio e infalible el discurso de los medios que responden, como si se tratase de un hecho natural, a su presunta “ideología”. Ya decía el propio Marx (cosa que muchos seudo marxistas ignoran) que la “ideología” no es otra cosa que “falsa conciencia”. Y falsa conciencia, numantinamente defendida como propia, es la que campa desgraciadamente en la dividida “opinión pública” española.
Quienes siguen el discurso del Partido Popular (y otras variantes derechistas) amplificado por sus medios adictos, no hacen otra cosa que proclamar los principios ideológicos del capitalismo clásico, más o menos salvajizado de acuerdo al intérprete. Para ese pensamiento, la igualdad de las personas no sólo es una utopía irrealizable, sino que además es un contrasentido, porque la naturaleza no establece igualdades sino jerarquías. Según ellos, la libertad consiste en que cada persona tenga que enfrentarse con sus propias fuerzas y voluntad a la realidad de la vida, y la sobrevivencia debe atenerse a la “ley del más fuerte” (que en el capitalismo es: del que tiene más dinero y por consiguiente, poder). Es así comprensible que hayan construido (desde la Reforma en adelante, como lo demostró agudamente Max Weber)) toda una ética basada en la individualidad y la desigualdad, que vocea la “igualdad de oportunidades” sin tener en cuenta que las desigualdades están dadas en origen, por la misma existencia del sistema. Para el PP y su ideología, siempre un empresario será más importante y valioso que un trabajador: es quien le da trabajo y sostiene con su capital (y su riesgo) la estructura productiva. No resulta difícil, desde esas orejeras ideológicas, comprender por qué en las crisis se tiende a apuntalar y reforzar el capital, y se considera la opinión de los empresarios como la palabra definitiva; mientras se sacrifica todo lo que no sirva como fuerza de trabajo a su servicio, y se condicionan los derechos y las libertades del resto de las personas a que lleguen mejores épocas. No quieren ver siquiera, al pensar y actuar bajo esos rígidos criterios, una realidad que demuestra a diario que de esos “principios” se han aprovechado y aprovechan los que están dispuestos a hundir hasta a los suyos bajo la ley de la ganancia, como claramente ha ocurrido con la actual “crisis mundial” (de los países centrales) originada como todos saben en las especulaciones suicidas de un grupo de llamados “bancos de riesgo”.
Por el contrario, quienes se suscriben a “las izquierdas” (con su no muy definido fraccionamiento político entre PSOE y IU), parte también acríticamente de la defensa a ultranza de otros criterios no menos rígidos e “ideológicos”, que asumen que “los trabajadores” (o para los más radicales, “la clase obrera” o “las masas”), son los que producen la riqueza que los capitalistas explotan (sin reparar no sólo en la situación real del empresariado en cada circunstancia, sino en las profundas y hasta a veces abismales diferencias entre las distintas categorías de “trabajadores” en la sociedad moderna, el agravio comparativo entre algunos sectores en cuanto a remuneraciones y privilegios, y las contradicciones en la actuación práctica y pública de cada uno de ellos); o creen que el “estado del bienestar” es una herencia natural que se mantiene por pura convicción ideológica, y que sus costes deben ser resueltos por el gobierno sin afectar a los bolsillos de sus usuarios. No es difícil de entender, visto sólo a través de ese prisma ideológico, que cualquier reajuste sea en el sistema productivo como en las condiciones laborales, o en los sistemas públicos, se identifique sin más con un “ataque al pueblo” sin detenerse a reflexionar y a proponer –al menos- alternativas de solución que no pasen siempre por las recetas de la ideología liberal. De hecho, las limitaciones al pensamiento que antepone su “ideología”, no les permiten ni siquiera lograr entender cómo es posible que los propios “trabajadores y el pueblo” voten mayoritariamente al Partido Popular.
El pensamiento en el que oscila la sociedad española actual, pensamiento –insisto- mediatizado y manipulado por el poder de los medios de comunicación de uno y otro bando- , está encastillado en actitudes que más que “ideológicas” yo insisto en calificar de “ideologistas”, que no permiten ni a unos ni a otros utilizar la propia reflexión. La imposibilidad manifiesta del gobierno del PP, que en pocos meses ha dejado muestra inequívocas de su intención de aplicar a rajatabla toda la “ortodoxia” liberal y ejecutar sin vacilación cuanto capricho y privilegio le exige el sector empresarial y financiero, pero al mismo tiempo ha comprobado que ninguna de las medidas adoptadas ha servido para mejorar la situación (por el contrario, empeora día a día), y ni siquiera le ha servido para “crear confianza” en los díscolos y fantasmales “mercados” , es una demostración de esta cortedad de miras. Pero esta nítida realidad parece que no existe para –no sólo los políticos populares- sino para una inmensa cantidad de ciudadanos que antes que ver con sus ojos y pensar con sus mentes, miran y piensan lo que les muestran y cuentan La Cope, Intereconomía o Antena 3.
Pero no es menos sorprendente la reacción intempestiva e irracional de quienes ocupan la otra orilla (piloteada por un PSOE que ha encontrado por fin una cuerda a la que aferrarse para no terminar de estallar), para quienes la irresistible consigna del “quieren quitarnos todo” (que tiene la ventaja de no exigir explicaciones) basta para oponerse “en bloque” a todas las medidas que el gobierno del PP pretende poner en marcha para buscar soluciones al desbarrancamiento de la economía y la sociedad. Tampoco utiliza, la mayor parte de ese espectro, el análisis personal de una realidad que no siempre da la razón a los dogmas, por muy bienintencionados que fueren: es más fácil repetir a la Ser o El País y sus amplificadores.
Quisiera ejemplificar lo que intento decir sólo con uno de los muchos temas en debate público en estos días: el posible incremento en el precio de los estudios universitarios. Es obvio que los gastos de una universidad de calidad son caros, y de algún lado habrá de salir el dinero. Un dinero que, si no pagan los universitarios, paga toda la sociedad en su conjunto. ¿Frecuentó alguno aunque sea una vez el parking de los campus universitarios de este país, y tuvo oportunidad de sacar la cuenta de los millones de euros que aparcan allí cada día, manifestados en buena medida por coches que no están al alcance de muchos ciudadanos? ¿Es razonable –y diría más: ¿es justo?- que esos miles y miles de hijos de familias de poderío económico paguen sólo una parte ínfima del coste de las carreras que les ofrece el Estado, mientras el grueso de su educación se la pagamos entre todos (incluidos los que no pueden ir a la Universidad) con nuestros impuestos? Me dirán que con ese criterio, los que tienen menos recursos no podrían ir a la Universidad, pero yo diría lo contrario: con un adecuado y suficiente sistemas de becas (que las hay hoy en día) pueden acceder a la educación universitaria todos a quienes su situación económica los perjudicase: un sistema que será mucho mejor y más abarcador, en la medida en que haya más dinero para ellos, y no para quienes pueden pagar un poco más por esos estudios. Me dirán que así se rompe la solidaridad social, base del estado del bienestar, y se promueve la privatización de la enseñanza; y yo digo que todo lo contrario: lo que se evitaría sería que la solidaridad sea siempre de los pobres para los ricos, y podría mantenerse y aún mejorarse un sistema educativo que –dicho sea de paso- deja bastante que desear.
Es apenas un ejemplo de que a veces, cuando uno se pone a pensar en base a los datos de la realidad y no a repetir (en el bar o en la calle) nada más que mera ideología encorsetada, podemos encontrarnos con que no siempre las cosas son lo que parecen, y resulta que descubrimos que estamos escupiendo al cielo. Pero no me hago demasiadas ilusiones: la política española es un permanente recitado de consignas, y los “ciudadanos” no solemos hacer más que defenderlas con la misma pasión irreflexiva que hace que hoy, en el fútbol, toda España tenga la afición más feliz del mundo: la mitad, porque perdió el Madrid, y la otra, porque perdió el Barcelona.

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