martes, 24 de julio de 2012

Otro mundo es posible. Pero ¿cuál?

Sin duda, es una consigna simpática y entradora, por eso la adoptó alguna izquierda hace tiempo, y ahora se ha convertido casi en una de esas frases que caracterizan la más variopinta resistencia al sistema, tipo 15M y demás. Algo así como aquel “la imaginación al poder” del famoso Mayo del 68. Sin embargo, por simpáticas que sean, las consignas esperanzadoras y utópicas ya no entusiasman al personal, que vocifera sin hesitar el ingeniosísimo “a por ellos, oeeeé” sólo porque saben que ganar el partido está dentro de lo inmediatamente posible.
Desde los ámbitos de la economía y la política, esparcidos a los vientos por los sumisos medios de comunicación (o mejor dicho, medios de reproducción de los mensajes del sistema), nos han logrado convencer (hablo en genérico, claro) de que “este mundo” (esto es, el capitalismo consumista puro y duro, ya ni siquiera en su versión “humanizada” y presuntamente social) es la única alternativa posible. Hace un siglo, y quizás hasta al menos unos cuarenta años atrás (lo que incluye el aprendizaje cultural y político de quienes comparten mi generación), había un modelo alternativo: el mundo comunista, el del llamado “socialismo real” (y es cierto, el único socialismo que se hizo realidad en este planeta). No es necesario hacer sangre (bastante nos duele a los que insistimos en ser de izquierdas) para admitir en qué terminó. Dilapidada esa esperanza de “otro mundo” que no fuera el de la despiadada lucha capitalista, una gran mayoría ha terminado creyendo el mensaje neoliberal, aunque a menudo se revista con careta socialdemócrata. Puestos en este punto, hay que admitir que la consigna suena más bien con el matiz de “quisiéramos que hubiera otro mundo posible”. Pero nadie es capaz, por ahora, de decir cuál sería ese “otro mundo”. Y mientras no haya al menos un modelo en qué depositar la fe, seguirá primando ese dicho popular de “más vale malo conocido, que bueno por conocer”.
La distinción clásica que suele darse al definir las tendencias comunitaristas y las liberales, es que las primeras ponen la igualdad por encima de la libertad, y las segundas lo contrario. De manera que ante todo debiéramos preguntarnos: ¿es posible conciliar ambos objetivos? La historia no es motivo de optimismo en ese sentido, desde luego, pero la historia es siempre lo que ha quedado atrás, y la misma historia demuestra –también- que la sociedad está en un continuo movimiento y devenir. (Sin por ello entrar –aunque sí que sería necesario hacerlo- en de qué “libertad” nos hablan los liberales cuando la consideran más importante que la igualdad). Puede tacharse ese debate de mera retórica teórica, en aras de una respuesta solamente afirmada en términos de economía y bienestar (o no), pero cualquier análisis serio demuestra que el comunismo, que quizás haya sido el mayor avance social de la humanidad hasta ahora, se derrumbó precisamente por negarse a considerar seriamente el tema de la libertad, más allá de los discursos. Y eso requería teoría: una actualización teórica del marxismo que –curiosamente- sólo intentaron los intelectuales residentes en países capitalistas, porque en los del “socialismo real” no los dejaban.
No es un mal principio –y eso sí creo que lo compartimos una gran mayoría- empezar a tener claro que el sistema capitalista (y hay que decirlo así, sin eufemismos: a mí no me da miedo que puedan tratarme de “antisistema”) no ha construido ni construirá jamás un mundo deseable (a menos que alguien no se haya percatado todavía de que para que haya ricos debe haber muchos más pobres, o sea aquello que decía Mafalda de que “para amasar una fortuna hay que hacer harina a los demás”). Pero la mera resistencia anímica no entusiasmará ni alentará a muchos, si no conseguimos diseñar, aunque sea en un plano teórico, un modelo de sociedad que no sea pura fantasía voluntarista para solaz de las buenas conciencias. Un modelo de sociedad cuya construcción parta de lo que es la actual y de sus potencialidades, aunque eso signifique darla vuelta patas arriba. Y trabajar en ello (sin duda que hay quienes lo están haciendo, pero no han dado hasta ahora en la tecla) requiere quitarse muchos prejuicios y encarar el debate sin miedo a ser marginado por los agentes ideológicos del sistema (quiero decir: los medios, las cátedras oficiales, los mecanismos de consagración erigidos por el mercado). Estamos tan atrasados en ese terreno, que hasta hace muy poco era incluso casi imposible reivindicar la desaparición de una institución política y social tan retrógrada y reacciónaria como la monarquía. Como ahora mismo, corre el riesgo de ser descalificado sin piedad quien ose cuestionar a la “democracia” (como si este sistema fuera realmente democrático), a la que se identifica tramposamente con el sistema. Si hay quienes estamos convencidos de que “otro mundo es posible”, al menos porque este casi no merece ser vivido, tenemos entonces que dejarnos de eufemismos y aceptar que somos todo eso que determinados vocablos intentan denostar. Por ejemplo, antisistemas. Por ejemplo: subversivos. E incluso no tenerle miedo al debate sobre el papel de la violencia en la lucha emancipatoria. No toda violencia significa tiro en la nuca, como se equipara con infame desfachatez.
Y sobre todo: será muy difícil que podamos pensar en construir “otro mundo”, usando las mismas herramientas, las mismas instituciones, las mismas tradiciones, con que está construido éste. Admitamos que, en el fondo, nunca hubo “nuevos mundos” que no se construyeran más bien sobre las ruinas del anterior. Otra cosa es que nos preguntemos si, en ese caso, merece la pena. Pero eso ya es parte de otro debate.

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